Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Sorprenden positivamente los resultados logrados por el grupo de presidentes que participaron en la XX Cumbre de Río reunidos en la República Dominicana, que resolvieron el conflicto del norte andino echando por tierra los pronósticos de que este sería un escenario más de retórica.
El anfitrión, el presidente Leonel Fernández, hizo gala de sus buenos oficios y demostró que los latinoamericanos pueden cohabitar con sus diferencias ideológicas por muy profundas que éstas sean.
El mandatario dominicano es quizás el mejor símbolo de que se puede convivir con diferencias tal como lo ilustra su habilidad para posicionar a su país tanto dentro de un tratado de libre comercio con Estados Unidos, como en el acuerdo Petro Caribe con Venezuela. Con esa misma facilidad, mientras la OEA trastabillaba, los buenos oficios de Fernández fueron suficientes para restaurar la convivencia pacífica en el norte andino.
Además de restaurarle credibilidad al proceso iniciado en la OEA, el resultado valorizó también al Grupo de Río que antes de Santo Domingo sólo había servido para que presidentes dieran discursos insustanciales y donde el accionar institucional estaba ausente.
En este escenario, la evaluación de la crisis deja diversas lecciones para Colombia, Estados Unidos y la región.
Colombia debe darse cuenta que tiene pocos amigos en la región, y que su alianza estratégica con Estados Unidos ha ido en detrimento de sus relaciones con sus países hermanos de Latinoamérica. Si bien el apoyo de Estados Unidos ha sido fundamental en la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, la estrecha relación con el gobierno del presidente estadounidense más impopular de la historia de ese país, ha creado un entorno regional negativo hacia Colombia.
Asimismo, Colombia -y el mundo-, deben tener claro que el principio de inviolabilidad territorial de los Estados sigue vigente, a pesar de los efectos de la globalización y de la obvia transnacionalización del conflicto armado colombiano.
En el contexto post septiembre 11, Estados Unidos ha tratado de imponer la lógica de la diplomacia preventiva, que establece que si sus intereses de seguridad nacional se ven amenazados en otro país, se puede incursionar en territorio extranjero para evitar una escalada mayor de los conflictos. Pero una cosa es Estados Unidos en su lucha contra el terrorismo y otra es Colombia y su problema interno con los grupos al margen de la ley. El precio de la soledad solamente lo puede pagar Estados Unidos, para Colombia el costo es más alto y no lo puede asumir sola.
Otra lección para Colombia es que la comunidad internacional no entiende el conflicto armado colombiano, ni mucho menos conoce el alcance de las FARC, a pesar de que uno de los objetivos de la política exterior del país ha sido difundir los esfuerzos y logros de su estrategia de seguridad democrática.
Curiosamente esta es la misma situación de Estados Unidos frente al mundo, que sufre la incomprensión generalizada de su estrategia de lucha contra el terrorismo.
En este escenario, pensamos que Colombia debe desarrollar una estrategia más efectiva para convencer al mundo que su democracia peligra a causa de las acciones de los grupos al margen de ley respaldados por sus aliados internacionales.
Con respecto a América Latina, la lección más importante es que lo que se comenzó en la OEA terminó de resolverse en Santo Domingo, demostrando que en la región existen mecanismos y voluntad para resolver las crisis.
Idealmente, la actual crisis debería resucitar la vigencia de la Carta Interamericana de la Democracia y el compromiso de los países con ella. Un debate amplio y honesto en torno a este documento, encausaría el diálogo sobre el rescate del principal fundamento de la democracia en la región.
En el caso de Estados Unidos, queda demostrado, una vez más, que ha perdido gran parte de su influencia en América Latina. Que hoy en día no es un actor importante para intervenir en la solución de una crisis regional -como lo fue en su momento para los procesos de paz en Centroamérica- y que en la búsqueda de soluciones al conflicto del norte andino, fue el gran ausente.
A pesar de un panorama que hoy apunta hacia el optimismo, parece evidente que la región deberá seguir aprendiendo sus lecciones con dureza ya que a pesar de los abrazos, es evidente que la polarización aun se mantiene.
Es necesario revalidar mecanismos institucionales permanentes y efectivos para no lanzar por la borda años de intentos de construir una verdadera integración regional.