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El Gran Debate apenas comienza.
Lo que protagonizaron Iván Cepeda y Álvaro Uribe en la Comisión Segunda del Senado de la República el miércoles 17 de julio constituye solo una de las puntas del gigantesco iceberg histórico que toda Colombia espera conocer en toda su dimensión.
Lo que dijo el Senador Cepeda con mucho valor civil, seriedad y serenidad, y lo que dijo el Senador Uribe en tono emotivo, con largos ratos de ausencia del recinto y empleando el ataque como defensa, el país tiene que sopesarlo y la justicia tiene que decidirse a actuar con base en el enorme material documental y testimonial aportado.
Colombia está entrando – no solo por la ocurrencia de este debate sino por el desarrollo que tienen los diálogos de paz con las FARC-EP y otros hechos indicativos de la terminación del largo conflicto armado – a una fase en que se escruta con detenimiento cada año, cada día y casi cada hora del último medio siglo de la vida del país: ¿Qué paso?, ¿Por qué pasó?, ¿Cómo pasó?
Este escrutinio lo exigen seis millones largos de víctimas como parte de una política efectiva de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición. Si la terminación del conflicto y el comienzo de la paz no se soportan sobre la reconstrucción de la verdad histórica y un nivel razonable de verdad judicial, será muy difícil generar clima y acciones auténticas de reconciliación.
Una dificultad real de la reconstrucción de la memoria histórica es que, al ir develándose la verdad sobre el conflicto y sus horrores, fácilmente se genera tensión y aún polarización. Intenso, sostenido y profundo deberá ser el trabajo encaminado a crear condiciones de recepción tranquila de la verdad histórica. Se creará este ambiente si al momento de conocerse la reconstrucción histórica ya han cesado los hechos victimizantes.
Las explicaciones históricas serán aceptables si toman en cuenta el entramado de circunstancias económicas, sociales y culturales que da lugar a la ocurrencia del conflicto y sus características. No hay víctimas del conflicto armado a secas, la victimización tiene que ver con el proceso económico implacable en su afán depredador de comunidades y naturaleza y con la cortedad, deformación y envilecimiento de la política.
Ver y sentir que se va produciendo el cambio de la inaceptable situación actual por otra deseable y posible es el gran acicate que sirve al propósito de serenar los ánimos y saber que se trabaja para que en adelante no vuelvan a operar las condiciones, los hechos y los actores generadores de violencia política. El proyecto de renovación y transformación democrática sabrá orientar la formación de una nueva conciencia pública apelando, entre otras cosas, a lo sustancial de obras tan serias como las que se han escrito en Colombia sobre los distintos períodos de violencia política.
No sobra recordar los informes sobre la violencia que se han producido en diferentes momentos, el de la Comisión Investigadora: La Violencia en Colombia (1958), el de la Comisión de Expertos Colombia: Violencia y Democracia (1987), el del Grupo de Memoria Histórica: Basta Ya (2013), Informes sometidos a valoración y crítica, por ejemplo, en el trabajo del Profesor javeriano Jefferson Jaramillo Marín: Pasados y Presentes de la Violencia en Colombia (1958-2011) publicado este año.
La aceptación que tenga el informe que entreguen en diciembre los integrantes de la Comisión Histórica designada por las partes en La Habana, sin duda, marcará las lecturas de memoria y verdad que se hagan en adelante. Es preciso tener un proyecto transformador de futuro para leer innovadoramente el pasado.
lucho_sando@hayoo.es / @luisidandoval