Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
El anuncio de las Farc sobre el fin de las liberaciones unilaterales de secuestrados causó desazón entre los Jara, pero no derrumbó su confianza en el pronto regreso de Alan, el jefe de la familia, secuestrado hace seis años y medio por la guerrilla. “Tengo el pasaje, mas no sé en qué turno me toca”, repite Claudia Rugeles, su esposa, al aludir a la efectividad de las gestiones del gobierno venezolano en procura del regreso de los cautivos.
Su fortaleza tiene origen en las enseñanzas que el propio Jara le está dando desde el cautiverio. Atado de pies y manos, reducido físicamente por el paludismo o aturdido en el alma por el decomiso del viejo radio que le servía como única forma de contacto con el mundo exterior, Jara no ha dejado de aferrarse a la vida y servir de ejemplo para sus compañeros de tragedia. Todos destacan su valor y solidaridad en cada prueba de supervivencia que las Farc les dejan enviar a las angustiadas familias. En especial, hacen alusión a la lucidez con que encara la tragedia.
“Es demasiado valiente. No puedo imaginar cuánto dolor más habríamos sufrido personas como los policías, los soldados y yo si no hubiéramos contado con él”, le dijo a El Espectador la ex congresista Consuelo González de Perdomo, liberada en enero pasado junto con la ex candidata vicepresidencial Clara Rojas.
El subintendente John Frank Pinchao, quien se les escapó a sus secuestradores a comienzos de 2007, también se refiere permanentemente a la escuelita que Jara fundó para enseñar inglés, ruso y geopolítica a quienes lo acompañan en la selva. “No tenemos derecho a desfallecer —insiste Claudia Rugeles—. Si él tiene coraje para seguir adelante, nosotros también”.
Jara no ha vuelto a casa desde el domingo 15 de junio de 2001, cuando se fue con una delegación del PNUD y el Ministerio del Interior a la inauguración del Puente de la Reconciliación, entre El Dorado y Lejanías, Meta. Jara pronunció un discurso y fue condecorado. Hubo murmullos, mensajes cifrados por aparatos de radio, confusión con la llegada de hombres armados. Dos horas después, Claudia concedía la primera entrevista de su vida en condición de esposa de un secuestrado.
La ruta del maestro
Los relatos fragmentados de Pinchao, Rojas, González de Perdomo y las mismas cartas de los secuestrados establecen que, desde el principio de su cautiverio, Jara fue reunido con los policías y militares “canjeables”. Luego llegaron los ex congresistas Orlando Beltrán y Consuelo González. En marzo de 2002, Gloria Polanco y Jorge Eduardo Géchem. Y finalmente Clara Rojas e Íngrid Betancourt. Ante el asedio militar, las Farc dividieron a los secuestrados en dos grupos: el de los políticos y el de los policías y militares.
Por petición de los mismos uniformados, el jefe guerrillero le sugirió a Jara continuar las clases y fue por ello que éste resultó siendo el único civil del segundo grupo de plagiados. Jara evaluaba más seguido a sus alumnos, se inventó estímulos para los aventajados y creó nivelaciones para quienes no retenían las enseñanzas con facilidad. El entusiasmo de todos por aprender puede explicarse a partir de las palabras del recientemente liberado ex senador Luis Eladio Pérez. Según él, “Íngrid y yo leíamos la Biblia para ejercitar la memoria y no volvernos locos del desespero”.
En noviembre de 2004 las Farc dividieron a los secuestrados en cuatro grupos. El de Jara debió emprender lo que él llamó “la caminata de la muerte”, una marcha de más de tres meses durante la cual vivían con la zozobra de que la guerrilla les dispararía por la espalda. Se reencontró con algunos de los políticos (Rojas, Polanco, Géchem, González de Perdomo y Beltrán, todos ellos ya liberados) y con los uniformados con quienes más amistad hizo durante el cautiverio: el coronel Luis Mendieta, el sargento Arbey Delgado y los capitanes Enrique Murillo y William Donato. No hubo clases porque el maestro estaba agotado y enfermo.
Claudia y su hijo Alan Felipe también se saben de memoria la vida de los nuevos amigos del político. “Habría querido que mi hijo tuviera una infancia normal, pero le tocó madurar a la fuerza”, murmura ella mientras dirige la mirada al silencioso muchacho. Es menos expresivo que la mamá y vive repitiendo que “no me hago ilusiones hasta que vea a mi papá”. Eso sí, confía en que lo verá antes de mitad de año.
El padre Crisanto Ramos, comisionado de Paz del Meta en la época en la que Jara era gobernador, es una de las personas que más conocen las penas que han pasado. Sabe que confían en las gestiones de Chávez, que comprarán ropa para recibir a Jara cuando regrese, que no volverán a burlarse de él por ser un mal bailador, que le reconocerán su voluntad para cocinar. Y que el único aliento para resistir la espera por su pronto regreso es saber que él, en medio de las dificultades, es aún más fuerte que ellos para soportar el dolor.
Solidario en la tragedia
La solidaridad de Jara con sus compañeros de cautiverio no sólo es reflejada en su relación con ellos, sino que aparece como constante preocupación en las 16 cartas que ha dirigido a su familia durante los seis años y siete meses que lleva privado de la libertad. En ellas siempre agradece la ayuda recibida y hace poca alusión a la que él mismo brinda a los demás.
Recientemente le escribió a su esposa Claudia que “hay personas muy especiales por su lealtad, generosidad y apoyo, entre las cuales quiero contar a William Donato, quien desde el primer día me brindó su espacio y me regaló su radio. ¿Te imaginas?, le debo mucho, así que si puedes ir a Sogamoso, habla con su familia”.
A su hijo, Alan Felipe, le encomendó hacerse amigo de los hijos de los militares y policías secuestrados, mensaje que el joven tiene grabado junto a un mensaje que evidencia el más grande dolor del político: “Hola compañero. No te imaginas cuánto te extraño y adoro. Lo más duro de este larguísimo secuestro no son las cadenas ni las dificultades, sino no estar contigo y con tu mamá”.