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Dudan los escritores y dudan los filósofos como engañando sus certezas para reinventar el mundo.
Dudamos todos y dudamos por lo mismo. Dudamos porque hace sol o porque los truenos no son lluvia; dudamos porque nos disfrazan lo evidente; dudamos porque no vemos los colores o simplemente dudamos por el hábito de dudar.
La duda, más allá de todo método, obliga a revisar las convicciones, a no saber, a no vivir en la fe ciega o en lo ya dicho. Dudar es la acción de demoler ideas, juicios, conceptos, estructuras, declaraciones, fórmulas, modelos. Dudar es suspender para sentir. Dudar es salir de la perfección; es oscilar para darse el permiso de fracasar o de acertar.
Y también hay que dudar de las formas, de las apuestas, de cómo hacer café o de si hay que ir o no al encuentro de otro. Dudar para espantar, para ser más agudo, para la defensa. Hay que dudar para salir corriendo, dudar para disfrutar o dudar para darle paso a la tristeza y la soledad. Hay que dudar con otros, con los viejos, con los pequeños. Hay que dudar de sí mismo, de la confianza y de toda convicción.
Dudar es el símbolo de toda búsqueda y casi una necesidad para el encuentro de sí. Es el hilo que conduce a no creer para creer; a pensar para no pensar; a sentir para intuir y a fluctuar para vivir. Como parte del exótico espacio del silencio, la duda es compañía, amiga, consejera, alerta, conciencia. Duda lógica o ilógica. Duda de esplendores y enigmas.
La duda indaga y calla; consiente y no acepta; avanza y retrocede; abre y cierra; es esquizofrénica y rezonga ante destinos impropios. Dudar es saber que lo real es irreal y que el más allá no es azul ni la tierra verde. Hay que dudar de lo recóndito y dudar de lo vivido, de la memoria, del recuerdo, de la guerra, del poder, del dinero. Todos los días hay que dudar de los amores convencidos y, después, rendirse ante su irrefutable misterio.
*otro.itinerario@gmail.com