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Duele San Andrés

Mario Fernando Prado
11 de septiembre de 2014 – 09:58 p. m.

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Lo denunciamos hace ya varios años. Pocas bolas nos pararon. En cambio, llovieron críticas e insultos por habernos atrevido a comentar que San Andrés, en materia de seguridad, iba de mal en peor.

Recuerdo que hasta me querían declarar persona no grata de la isla. Pues la política del avestruz a nada condujo. Un paraíso con el mar de los siete colores, cuyos nativos son gente buena y sana, con unas posibilidades de turismo nacional e internacional responsable, comprometido con el medio ambiente y un mercado ansioso de ir y de volver, es hoy un destino peligroso que está tomado por la delincuencia. Y lo que antes eran tímidos atracadores llegados subrepticiamente, que cometían sus fechorías al amparo de la noche, hoy se han tornado en bandas criminales, organizadas y sin intestinos, que tienen en jaque la tranquilidad de la isla.

El problema mayor radica en que San Andrés se está volviendo cruce de caminos en el mercado internacional del narcotráfico. Allí llegan y de allí salen millonarios cargamentos con destino al Caribe y Norteamérica y tales operaciones significan la presencia de centenares de intermediarios que en sus ratos libres o ante sus “necesidades económicas” se han dado a la tarea de delinquir.

Esta situación que está comenzando a padecer San Andrés recuerda los primeros años de la violencia en Buenaventura, propiciada en buena parte por los grupos narcotraficantes que siguen cometiendo las más bárbaras masacres.

Dice el comandante de la Policía, el general Rodolfo Palomino, que se va a reforzar la presencia de uniformados, así como los controles a quienes ejercen las labores policivas, porque el fantasma de la corrupción anda comprando conciencias.

Eso está muy bien, porque el problema no puede salirse de madre. Por todo ello, hay que ir pensando en la militarización de la isla, medida que demoró en tomarse en Buenaventura y que es necesario implementar porque el problema le quedó grande al actual esquema de seguridad de esos 27 kilómetros cuadrados que ya están viendo afectado su principal ingreso: el turismo.

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