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En su columna del domingo en El Espectador, Rodrigo Uprimny ofrece una aguda crítica del desequilibrio de género que existe quienes integran la Comisión Histórica del Conflicto Armado y sus Víctimas, y sugiere que entre el Gobierno y las FARC prima una lectura compartida de la guerra y por extensión, del conocimiento sobre ésta, como asunto de los hombres.
Para seguir con el mismo raciocinio, cabría la observación de que además de la extensa lista identificada por el columnista de mujeres cuyas distintas especialidades permitirían abordar el análisis de la guerra en todas sus dimensiones, faltan académicas afrodescendientes e indígenas (que cargan con una doble condición de discriminación), así como representantes de las regiones del país más afectadas por el conflicto y no solo de sus principales ciudades.
Sin embargo, al sugerir que si más mujeres participan en la interpretación de la guerra la historia dejará de ser de los hombres, el argumento de Uprimny se queda corto. Lo que pierde de vista — igual que las leyes nacionales de cuotas y las políticas de género de muchos organismos internacionales — es que la inequidad tanto de género, como por extensión de raza, clase y etnia — está asociada no solo a la falta de representación, sino a estructuras sociales, económicas, políticas y epistémicas que asignan roles jerarquizados a hombres y mujeres y que pasan por lo general desapercibidas. Así, tomar en serio el problema de género a la hora de analizar el conflicto colombiano exige algunas consideraciones adicionales. He aquí tan solo dos.
Primero, la guerra tiene un impacto diferenciado sobre los sectores más vulnerables de cualquier población, en especial mujeres y niños pobres, de color e indígenas. En contraposición al mito de que los hombres van a la guerra para protegerlos, la mayoría de los muertes, desplazados y víctimas de todo conflicto en el mundo proviene justamente de esos mismos sectores. A su vez, la violencia sexual, entendida erróneamente como “daño colateral” de los enfrentamientos bélicos, constituye una estrategia militar deliberada practicada por todas las partes (masculinas) sin distinción, incluyendo las fuerzas de seguridad de los Estados. Las consecuencias económicas de la guerra tienden a afectar más a mujeres que hombres, dificultando también el desempeño de la mujer como madre y cuidadora. Por no hablar del vínculo estrecho que existe entre las prácticas militares y la prostitución (observen que donde están los soldados u otros actores armados siempre hay también prostíbulos).
Segundo, la experiencia diferenciada de la guerra por parte de diversos grupos sociales los posiciona de forma distinta para interpretar las causas y la evolución histórica de ésta. Usar el género como lente crítico exige tomar “partido epistémico” con aquellos grupos más vulnerables y oprimidos por encima de los que han gozado de mayores privilegios. Utilizar las vivencias de los primeros como punto de partida para criticar el conocimiento dominante sobre la guerra, basado principalmente en la experiencia de los hombres hegemónicos (léase blancos y heterosexuales), puede reducir el carácter sesgado de éste.
En resumen, aunque necesaria, la pregunta ¿dónde están las mujeres? no es suficiente para garantizar una historia pluralista e incluyente del conflicto armado en Colombia, que sea a la vez sensible al papel neurálgico desempeñado por la desigualdad de género.