Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
No es conveniente mezclarle religión a la política. esto como principio.
Ahora bien, desde cualquier ángulo religioso, bien del centro católico o desde marginales grupos en ascenso, una oración por el vecino país en dificultades no cae mal y posiblemente alcance esferas ultraterrenas.
Las noticias han traído el fervor popular por la figura santificada de Hugo Chávez, a quien no dejamos de tener en la mente como un muy robusto y terrenal dictador, dicharachero y poderoso, hoy santo de altares humildes. Y se ha llegado a parodiar la oración al Padre que enseñó Jesucristo con un risible: “Chávez nuestro que estás en el cielo”. No voy a preguntarle a la respetable representante Cabal en cuál de los círculos del Dante focaliza al todopoderoso de Venezuela. Yo espero que esté, redimido, en el cielo.
Los jerarcas del vecino país se han ocupado del tema, por su deber pastoral. Es su asunto, aunque parezca superfluo. Está implícito que es mediante la genuina oración al Padre como se puede pedir que las cosas se solucionen allí, que los dirigentes entiendan las causas que han llevado al desabastecimiento; que no hay lugar a que opositores temerarios padezcan cárcel o que un país opulento piense en importar la materia prima que ha sido su principal riqueza.
Engrandecer a quien ejerce el poder absoluto y confundirlo con un dios menor, pero cercano, ha sido propio de algunos pueblos oprimidos. Stalin fue llamado “el padrecito”; Leonidas Trujillo “el benefactor”; Rojas Pinilla, en nuestro medio, se mostraba cercano a la divinidad, que confianzudamente llamaba “el de arriba” y el propio Chávez endiosaba su poder desmedido con referencias religiosas, como aquella del popular “cordonazo de San Francisco” o con aquel “Cristo, no me lleves, mi pueblo me necesita”.
A Colombia, cuando era toda ella católica, se la llamaba país del Sagrado Corazón. Y en auge de esta devoción, por varios años se consagraba la República, con ritualidad, a esta advocación, en la iglesia del Voto Nacional. El último en hacerlo allí, porque era de ley, fue el presidente López Michelsen. Se usaban el sacoleva y la chistera, más la consabida banda presidencial, bajo el chaqué. Mejor atuendo, propio de la época, que las anchas bandas sobre trajes de calle.
Hoy en día tal cosa no es posible, porque el país ha cambiado, otras iglesias y credos o el mismo descreimiento han cundido entre la población, sin que configuren todavía una mayoría numérica. Aunque ha sido la Constitución misma la que ha consagrado la pluralidad de cultos y eliminado el nombre de Dios de su preámbulo. Pienso que la fe religiosa crece mejor en la espontaneidad que impuesta por decreto o en oraciones obligadas, acaso memorizadas sin sentido. En cuanto a rezos falsos y ridículos, queden éstos para el archivo chistoso de las dictaduras.