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Camina ahora por ahí libre y atormentado el John Jairo que llamaban Popeye y que hace 25 años ordenó a otro John Jairo que llamaban Pinina que borrara ese foco de perturbación para su patrón Pablo Escobar.
Y con un camión cargado de dinamita al lado de una estación de gasolina volaron la sede y produjeron 70 heridos entre empleados y transeúntes. Después de asesinar tres años antes a Guillermo Cano, director de El Espectador, periódico y periodista le parecían enemigos por calcular que el narcotráfico se convertiría en la peste que ha demostrado ser. Seguimos adelante, dijo la edición del día siguiente con la fotografía de la destrucción y han cumplido la promesa al mantener la independencia a pesar del terror, las amenazas y coerciones con las que se quiere reducir en Colombia la intención de disentir.
La generación nacida después no recuerda cómo era ese sábado de septiembre del atentado ni cómo había sido el diciembre del asesinato. Ni el exilio de Fernando y Juan Guillermo los hijos del director asesinado. Ni cómo apuntaron en regadera contra redactores-investigadores, abogados, gerentes, distribuidores que en Bogotá y Medellín resistieron esta avalancha de crímenes dirigidos contra lo que los capos Escobar y Rodríguez Gacha consideraban el símbolo de oposición a ellos: El Espectador y su entereza armada con palabras. Ni la redacción en Bogotá quiso retirarse ni la corresponsalía en Medellín desapareció así tuviera que ir a la clandestinidad. El periodismo se medía en su valor.
Cuando yo recibí en 1985 una llamada de Guillermo Cano para proponerme una columna de opinión en una sección llamada Nuestra Época, tomé este encargo con respeto: contribuir con sentidos nuevos y llevar el apellido del bisabuelo que había fundado El Espectador con la misión de poner las ideas por encima de cualquier interés. Y la siguiente vez que me buscó este hombre tímido y admirable fue para advertirme que alguien en Medellín había preguntado a un distribuidor dónde era mi oficina y ese era el procedimiento que tuvieron con otras víctimas. Coincidió en esa semana el incendio de la casa de mi vecino Ignacio Vélez Escobar porque el patrón del Cartel de Medellín quería disuadir todos los frentes a la vez: el político, el periodístico, el legal, de primeros. Pero yo no podía ser inferior al valor que en El Espectador todos demostraron y dejé de firmar con nombre y apellido pero la columna siguió con seudónimo, Salomé, como escudo.
Yo era una mamá reciente y por precaución nos fuimos a Bogotá. En Medellín, ciudad que Escobar creía suya, no cabía ni un solo Cano. Al resto de mi familia le aconsejaron las autoridades de manera “profiláctica” abandonar el territorio. El narcoterrorismo logró producir pusilánimes y disuasorios por metro cuadrado para hacer expedita la expansión del poder criminal.
25 años después este no es otro país. El Espectador no sucumbió como quisieron Escobar, su socio Gacha y su lugar teniente Popeye. Lo que antes era la violencia de la insurgencia, después la triplicó el narcotráfico y se mezcló en esta que ha ido volviéndose corrupción armada donde todo lo ilícito redunda.
Guillermo Cano, Luis Carlos Galán, Héctor Abad Gómez y Jaime Garzón son una línea al frente de este panteón de mártires que han dado su vida junto a otros muchos, pero la ingratitud como la impunidad sigue intacta.