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Más allá del suspenso que genera el cierre de inscripciones de jugadores en Europa, cada año nos vemos sometidos a una sórdida cadena de historias de trata de humanos.
Lo que pasa es que, como se trata de millones de euros que están en juego, pocos se indignan.
La cosa funciona así. La Fifa ha tomado medidas para que los clubes no sean dueños de los jugadores, como sucedía antes; esta práctica se prohibió. Ahora es igual, pero diferente. Los clubes firman con los jugadores contratos a término fijo que incluyen una cláusula de recisión muy alta para que, en el lapso de tiempo que dura el contrato, ellos puedan negociar con dicha cláusula en beneficio tanto del club como del jugador. Es allí donde vuelven a aparecer los empresarios, apoderados de los jugadores, quienes gestionan las transferencias incluso durante el tiempo que dura un contrato. Estos señores muchas veces representan a grupos inversores que pusieron el dinero algún día, cuando las hoy estrellas eran apenas promesas. Cuando esto sucede, los jugadores, en su mayoría pobres, les venden su alma a quienes ponen el dinero. A partir de ahí es poca o nula su posibilidad de escoger libremente el lugar donde quieran trabajar. Les garantizan su futuro económico, sí, pero les quitan su derecho a escoger. Eso es trata de humanos, es esclavitud.
En el caso de Falcao y otros tantos hay un poco de todo lo anterior. El Mónaco no lo va a soltar tan fácil, pues hizo una gran inversión, y aunque su dueño necesita hacer caja para cubrir deudas personales, no le gusta perder dinero. El Tigre se quiere ir, el proyecto Mónaco ya no es lo que se proyectaba. Su representante le ha buscado un equipo de élite donde el samario se sienta a gusto, por eso ellos mismos filtran nombres de escuadras. Es lo conveniente, que el nombre de la estrella esté caliente. Ciertamente, cualquier equipo de élite quisiera tenerlo en sus filas, pero la cifra, por más que Falcao quiera rebajar sus pretensiones, tiene que ser acordada entre el Mónaco y su pretendiente.
Es posible que a la hora en que usted lea esta columna, Falcao ya tenga un nuevo equipo. No necesariamente, de nuevo, el que él quería. También es posible que se quede en el Mónaco esta temporada, cumpliendo con el compromiso que adquirió cuando firmó, siendo joven, un papel en el que le entregó su vida a un grupo de inversionistas. Esa jugada no le ha salido del todo mal; la historia de goles y victorias del mejor 9 de la historia de Colombia ya nos la sabemos. Su futuro económico está más que asegurado.
Sin embargo, algo queda claro. Falcao, y en general los futbolistas, por muy exitosos que sean, siguen siendo esclavos de un sistema que juega con ellos a su antojo. Tal vez por eso, porque pierden el derecho a ser libres, es que los futbolistas pierden, a pesar de ganar fortunas, la alegría de jugar, que en últimas es la esencia del deporte que más nos gusta.