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No suelo tocar asuntos personales en esta columna, pero por tratarse de uno que involucra a la comunidad LGTBI, a la que pertenezco, espero que ustedes me den esa licencia.
Quiero, por supuesto, referirme a la sentencia de la Corte Constitucional proferida el pasado jueves, mediante la cual autorizó a una pareja de lesbianas a adoptar a sus hijos. Ellos son producto de la inseminación artificial y, por lo tanto, hijos biológicos de una de las madres. La otra, su pareja desde hace muchos años, pretendió adoptarlos y el Estado se opuso. Por ello debieron esperar cinco años largos para que la Corte les reconociera sus derechos.
Si bien el fallo por ahora solo se les aplica a ellas, es una providencia que abre, tímidamente, la posibilidad de que las parejas del mismo sexo podamos adoptar. El requisito es que el niño sea hijo biológico de alguno de los padres.
No conocemos el texto definitivo de la sentencia, pero tal como lo explicó el presidente de la Corte, entendemos que hay otros requisitos, entre ellos que la pareja tenga una unión marital de hecho de al menos dos años.
Pienso que, a pesar del avance, el pronunciamiento sigue siendo tímido y hasta discriminatorio, pues pone limitaciones que no tienen en la legislación colombiana las parejas heterosexuales. Continuamos siendo un país subdesarrollado en donde las minorías de la comunidad han tenido que ganarse sus derechos luchando en contra de instituciones tan influyentes como la iglesia católica, la Procuraduría y los grupos de presión de origen católico, por supuesto.
Resulta inadmisible que en pleno siglo XXI haya todavía personas, como el procurador, que consideran que una familia es solo aquella conformada por un padre y una madre. Y peor aún, que sus creencias religiosas se vean reflejadas en su actuación como funcionario público, cuando Colombia en su Constitución establece que es un país laico.
Tengo una hija que adoptamos con mi primera esposa. Ella, a diferencia de lo que dicen los teóricos, es una persona feliz que tiene la suerte de contar con dos familias y dos hogares que la aman: el hogar conformado por mi primera esposa y su actual marido, y el mío, en donde a la vez hago el papel de papá y mamá. Es una joven feliz, exitosa en sus estudios, se interrelaciona maravillosamente con quienes la rodean y jamás ha tenido problemas en lo que tiene que ver con la identidad sexual de su padre adoptante, es decir, yo.
Por eso me da risa, que no rabia, cuando oigo a tantas personas pontificar sobre un tema que no han vivido y sobre el cual están llenas de prejuicios. Entre otras cosas, porque con los años he venido a descubrir que entre más homofóbicos, más gais. Así como suena.
Por lo pronto, si bien esta sentencia es un avance, sigo creyendo que la Corte se quedó corta y que falta mucho camino para que la comunidad LGTBI tenga plenos derechos. Esto fue un adelanto importante, pero está muy lejos de ser un triunfo para las parejas del mismo sexo.