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Un barrio ecológico

Paneles solares, reutilización del agua, huertas orgánicas y una serie de pinturas naturales hacen parte de un proyecto holandés.

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Si el futuro que les espera a las ciudades es el que ya se puede palpar en Culemborg, una pequeña ciudad holandesa, entonces dejará de ser cierto eso de que todo tiempo pasado fue mejor. Marleen Kaptein abre la puerta y recibe al grupo de visitantes de varias nacionalidades con una sonrisa y un café caliente. Fue ella la que, hace 17 años, concibió la idea de crear un barrio que se convirtiera en ejemplo de sustentabilidad y armonía con la naturaleza.

En la década de los 90 había una gran discusión en torno a los modelos ecológicos que se podían aplicar a las ciudades. “Estaba absorbiendo lo que decía la gente, pensando en la arquitectura orgánica, la manera como experimentamos el ambiente”, cuenta Marleen. Su razonamiento en aquel momento fue sencillo: “si podemos materializar estas ideas sobre cómo llevar una vida sustentable, podremos demostrarle a la gente que es posible otro camino distinto del desarrollo”.

En un documento de unas pocas páginas vertió las ideas que bullían en su cabeza y se lo envió a un grupo de colegas de distintas disciplinas. Unos eran expertos en energía, otros en manejo del agua, algunos arquitectos reconocidos, otros paisajistas. Necesitaba sumar el mayor número de talentos para hacer realidad su sueño. No fue difícil convencerlos. Pronto se iniciaron las reuniones para discutir ideas. Al poco tiempo, las autoridades locales de Culemborg se enteraron del proyecto y les ofrecieron un terreno de 86 hectáreas para que lo plasmaran.

En 1996 comenzó la construcción de la primera fase del Proyecto Eva. Parecía un grupo de 20 personas reinventando la civilización. En los techos se instalarían paneles solares. Los diseños arquitectónicos no sólo debían cumplir con las exigencias estéticas, sino también ser funcionales: crear espacios cálidos durante el invierno y confortables en los veranos. El agua, un recurso escaso, no debía malgastarse. Para eso eran necesarias cisternas que capturaran el agua de lluvia.

Además, se podían reutilizar las aguas grises de la cocina, las duchas y la lavadora. Con el tiempo, incluso, extraer gas metano del tratamiento de las aguas negras. En las paredes se empotrarían los sistemas de calefacción para hacerlos más eficientes. Querían un lugar que luciera verde, y no una mancha de cemento. Pinturas naturales y comprar maderas certificadas hacían parte de la lista de tareas. ¿Y las personas mayores y los niños? Se diseñarían espacios adecuados para todos.

Marleen recorre satisfecha lo que dos décadas atrás era apenas era una vaga idea. Señala a un lado y a otro para recordar parte de la historia. Se ve orgullosa del efecto que el barrio genera en sus habitantes. Son más abiertos, solidarios, los niños juegan al aire libre, hay zonas comunales con jardines que todos se esmeran en cuidar. La idea de una finca en medio del barrio también fue posible: nada mejor que vegetales frescos, que sólo viajan 10 minutos de la huerta a la cocina.

“Somos un grupo de individuos que comparten la idea de cómo vivir”, dice Marleen. Este barrio de Culemborg nada tiene que ver con experimentos exóticos de vida en comunidad. Es un barrio que se propuso implementar el mayor número posible de conocimientos para reducir su impacto sobre la naturaleza. Unas 80 familias viven aquí hoy en día.

Lombrik Swinkels, experto en manejo de agua y vecino de Culemborg, dice que una de las razones que lo atrajo a vivir en este lugar fue que “podía desarrollar mis ideas. Si algo no funciona, se deja de lado y creamos otra cosa nueva”. Para Gerwin Verschuur, otro de los habitantes del Proyecto Eva, “el placer de vivir aquí es saber que haces parte de una sociedad en transición. Es un grupo de gente hambrienta de un mejor estilo de vida. Aquí me siento más conectado con los demás”.

Una visita a Culemborg hace pensar que, después de todo, tal vez sí sea posible habitar el planeta sin destrozarlo.

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