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El torpe sigilo de La Habana

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Nos quedamos esperando las imágenes del encuentro de las víctimas con sus victimarios en La Habana. ¿Por qué estos momentos tan definitivos y significativos para los colombianos los reserva el comisionado de Paz, Sergio Jaramillo, para un cerradísimo grupo?

Son momentos que pueden y deben ser conocidos no por unos pocos, sino por todos.

¿Por qué el comisionado no permite que el país conozca de viva voz e incluso en directo, con audacia comunicativa, el encuentro, humano como el que más, entre Constanza Turbay e Iván Márquez, el comandante de las Farc responsable del asesinato de sus dos hermanos y su mamá, en el que además el jefe guerrillero le pidió perdón?

¿Por qué el comisionado de Paz, con su incomprensible obsesión por reducir la información a secos y fríos comunicados y a ruedas de prensa rígidamente formateadas, no encuentra positivo y necesario para las negociaciones que se conozca también el encuentro entre Ángela Giraldo y Pablo Catatumbo, el comandante con responsabilidad de mando sobre los guerrilleros que asesinaron a los diputados del Valle, entre quienes se encontraba su querido hermano Francisco? ¿Por qué no permite divulgar realidades tan contundentes como que ninguna de estas dos mujeres carga odios y que han sido capaces de transformar cualquier huella de rencor en un propósito de reconciliación, sin el cual la paz será imposible de lograr? La paz, señor comisionado, es también un asunto de humanidad y no solo de frío cálculo político, donde las emociones cuentan sin que sea posible taparlas o negarlas, porque éstas finalmente terminan abriéndose camino para salir a la luz a pesar del secretismo que se les pretende imponer a punta de control gubernamental a los diálogos de paz. Una comunicación que no puede confundirse con la normal reserva que tiene toda negociación.

Torpeza o simple estupidez, en términos de estrategias de comunicación, impedir que se divulgue la imagen de dos hombres de la guerra, el general Javier Flórez, el más duro de los militares en su lucha contra las Farc, y el férreo comandante de la guerrilla Iván Márquez, dedicados por años a eliminarse, ahora sentados, desarmados, dispuestos a encontrarle la salida a un conflicto que no se resolvió bélicamente. Ese momento único y hasta ahora inédito, tiene un valor inconmensurable, capaz de volver irreversibles las negociaciones con una significación mucho más potente para la opinión pública, tan necesaria en este proceso, que el contenido de los textos que se han acordado, por lo demás plagados de “salvedades”. La imagen del saludo de estos dos jefes de la guerra le habría dado la vuelta al país y al mundo como señal inequívoca de un proceso de paz que camina en medio de las vicisitudes.

¿Será que el gobierno Santos les teme a esos sectores ultra, ciegos en su odio y afán de venganza, que hoy vociferan contra el deseo ciudadano de voltear la página de la guerra, para quienes estos encuentros civilizados entre seres humanos resultan inconcebibles?

No hay que ser experto para entender que solo informando sin temor se podrá vincular al grueso del país y solidificar el apoyo que el proceso de paz necesita con urgencia precisamente para dejar de lado a los fanáticos guerreristas gritando en el vacío.

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