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En esta era de villanía, guerras y desigualdades, es lógico que necesitemos superhéroes. Y después de haber probado con Supermán, Batman y el Hombre Araña, quizá ya encontramos a los mejores superhéroes: las monjas.
“Aunque no crea en Dios, sí creo en las monjas”, escribe Jo Piazza en su libro de próxima aparición ‘Si las monjas gobernaran al mundo’. Piazza es agnóstica, vive en Nueva York, y cuando empezó a entrevistar monjas se sintió profundamente encantada e inspirada.
“Por su misma naturaleza rehúyen las candilejas y, sin embargo, todos los días andan por el mundo, viviendo el Evangelio y atendiendo a los pobres”, afirma Piazza. “No se esconden detrás de vestimentas vistosas y caras, ni detrás de púlpitos y sermones. Nunca he conocido a una monja que condujera un Mercedes-Benz o un Cadillac. Andan mucho a pie o en bicicleta”.
Una de las caricaturas más erróneas de las monjas es que se trata de personajes remilgados y victorianos, enclaustrados en conventos. Por el contrario, si me he vuelto su admiradora es porque las he visto muchas veces arriesgando la vida por todo el mundo, enfrentándose a caciques, proxenetas y matones, hablando con fluidez la lengua local. En un mundo egoísta, ellas ponen el ejemplo del desinterés y la compasión.
Además hay muchas monjas formidables con las que ni los caciques se atreven a meterse, que combinan reverencia con fiereza, que desafían la doctrina de la Iglesia Católica repartiendo condones a las prostitutas para protegerlas del virus del sida. (Esto seguramente no se lo mencionan a su obispo).
Una de las monjas retratadas por Piazza es la hermana Megan Rice. Ella obtuvo su licenciatura en el Boston College y en 1962 se fue a vivir a Nigeria para manejar la escuela que ayudó a establecer en un área remota, sin agua corriente ni electricidad. Finalmente regresó a Estados Unidos donde empezó una campaña contra las armas nucleares.
En 2012, a la edad de 82 años, planeó una entrada forzada en una planta nuclear en Oak Ridge, Tennessee, para llamar la atención sobre la amenaza nuclear. Al ser esposada por los guardias armados, cantó “This Little Light of Mine”. Actualmente está cumpliendo una sentencia de casi tres años.
No apruebo la entrada forzada en instalaciones de seguridad nacional y creo que la doctrina nuclear es más compleja de lo que piensa la hermana Megan. No obstante, admiro a alguien con tales agallas y tanto compromiso con sus principios.
Otra monja notable es la hermana Jeannine Gramick que, cuando estaba preparando su doctorado en matemáticas, conoció a un católico gay que le pidió ayuda religiosa. Ella le organizó un servicio casero que creció y se convirtió en una liturgia regular para católicos gais en hogares privados.
En 1977, ayudó a fundar el Ministerio de los Nuevos Caminos, para apoyar a gais y lesbianas católicos. El Vaticano trató de reprimirla y su orden, las Hermanas de Loreto, recibió al menos nueve veces la orden de despedirla. La cofradía resistió pasivamente.
“El Vaticano trató de silenciarme y simplemente no le dio resultado”, declaró a Piazza la hermana Jeannine.
En estos tiempos, en que muchos sectores de la cristiandad critican a gais y lesbianas, la hermana Jeannine es un faro de compasión y ha luchado para educar a la iglesia que ama.
“Se hace mucho énfasis en el sexo, el sexo, el sexo”, le dijo a Piazza. “Y no es cuestión del sexo. Es cuestión de amor. Es la persona de quien nos enamoramos la que nos hace ser gay o lesbiana. Aquí lo que importa es el amor, no el sexo”.
Todo esto hizo que el Vaticano investigara y tomara medidas drásticas contra las monjas, en una dura represión que ha sido llamada la Santa Inquisición contra las monjas. En 2012, el Vaticano reprendió a un grupo de monjas estadounidenses por promover “temas feministas radicales”.
Piazza cita a una monja que dijo que un amigo le comentó lo siguiente: “Déjame ver si lo entiendo. Algunos sacerdotes cometieron excesos sexuales y los obispos los encubrieron. ¿Así que ahora están investigando a las monjas?”.
Hasta ahora, el papa Francisco ha continuado con esta represión, aunque parece más ilustrado que sus predecesores y quizá él sí entienda que combatir a las monjas es una batalla perdida. Las monjas son mujeres de hierro. Y en algunos casos eso es más que una metáfora.
La hermana Madonna Buder, apodada la “Monja de Hierro”, empezó a correr a los 47 años y ha participado en 366 triatlones. Alcanzó su mejor marca personal a los 62 años y, a los 82, fue la persona de más edad –hombre o mujer– en realizar el llamado triatlón del Hombre de Hierro.
En el curso de sus carreras, se ha roto los brazos en ocho ocasiones, la cadera en dos y las costillas innumerables veces. Ella corre ocho kilómetros para ir y venir de la iglesia, en pantalones largos adecuados para la misa y prescindió del entrenador.
“Mi entrenador es el Hombre de arriba”, explicó.
Perdónenos por haber pecado y pensado que las monjas son retrógradas cuando, de hecho, fueron de las primeras feministas. Y en un mundo de narcisismo y cinismo, ellas constituyen un contingente de líderes morales que en sí hacen lo que predican.
Así que aquí está mi propuesta: ¿Qué tal si el Vaticano pierde menos tiempo investigando a las monjas, la gente pasa menos tiempo burlándose de ellas y todos pasamos más tiempo tratando de emularlas?
*Columnista de The New York Times