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La polémica provocada por la selección por parte de la ONU, la Universidad Nacional y la Iglesia católica de las primeras víctimas en viajar a la mesa de diálogo en La Habana sugiere cuán complejo es el debate sobre quién es (y no es) una víctima de la guerra en Colombia.
La experiencia internacional sugiere que, si bien los conceptos de víctima (y victimario) son susceptibles de fuertes discusiones en países en conflicto, que tienden a intensificarse con la realización de negociaciones de paz, todo intento genuino de reconciliación exige conciencia pública sobre las facetas de este problema, cuya esencia es política.
El derecho internacional y las leyes nacionales fijan parámetros que permiten identificar jurídicamente la condición de victimización, los cuales tienen en común violaciones a la normatividad sobre derechos humanos y DIH que llevan directa o indirectamente a daños individuales o colectivos físicos y mentales, sufrimiento emocional o económico, o la pérdida de derechos fundamentales. El hecho de que hombres y mujeres son victimizados de formas diferentes ha puesto también el componente de género sobre la mesa.
Pese a lo anterior, la definición de las víctimas en diversos contextos nacionales tiene un sustrato político y cultural importante, con lo cual la inclusión y la exclusión de determinados individuos, colectividades y tipos de daño corresponden a factores como las relaciones de poder y las visiones compartidas sobre la violencia. En reflejo de ello, en Irlanda del Norte surgió la cuestionable propuesta de que hubiera una “jerarquía de víctimas” que permitiera discriminar entre más y menos inocentes.
El caso de Sudáfrica sugiere que la identificación de víctimas y victimarios en términos binarios pierde de vista las variaciones que caracterizan a ambos términos. En su informe final, la Comisión de la Verdad y la Reconciliación diseñó una taxonomía de 14 categorías para ayudar a los tomadores de decisiones a identificar a ambos públicos y diseñar políticas afines a sus rasgos particulares. Más complejo aún, en países que han experimentado ciclos de violencia, como Burundi, Colombia, Irlanda del Norte, Ruanda o Sri Lanka, la línea divisoria entre víctimas y victimarios tiende a ser más tenue, con el agravante de que quien se considera víctima difícilmente acepta que ha cometido atrocidades. Los niños soldados son a la vez víctimas y victimarios en muchos conflictos, pero también se observa esta condición en el caso de las Farc (en especial por el genocidio de la UP), así como el Congreso Nacional Africano y el IRA. En contextos como el colombiano, en donde no sólo dos partes sino varias (si incluimos a paramilitares, bacrim y narcotráfico) han cometido actos de violencia, el problema crece.
El lamento del presidente del Congreso, de que sólo algunas víctimas que viajaron a La Habana son de las Farc, junto con el rechazo de la lista hecho por varias legisladoras del Centro Democrático por no representar a las “verdaderas víctimas”, pone de presente el potencial riesgo de la manipulación política de la victimización. Al sugerir que existe una jerarquía clara de víctimas y culpables, cuyo epicentro es ocupado por las Farc, voces como éstas, secundadas por algunos medios de comunicación, invisibilizan el carácter disputado del concepto de víctima y obran en contravía de la paz y la reconciliación.