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El pelotón llegaba roto después de más de doscientos kilómetros, y los favoritos empezaban a quedarse. El Giro de Lombardía —el Monumento, la clásica de las clásicas, la que huele a pasado y heroísmo viejo— estaba por definirse.
Y allí, en ese último giro antes de la recta final, apareció Esteban Chaves, pequeño, pecoso, con la expresión de quien sufre, pero al mismo tiempo disfruta en secreto. Mientras otros se retorcían de esfuerzo, él parecía moverse con esa mezcla suya de inocencia y determinación. Atacó cuando casi nadie lo esperaba, aguantó donde casi nadie podía y remató cuando nadie tenía fuerzas.
La carrera —241 kilómetros desde Como hasta Bérgamo, con más de 4.400 metros de desnivel y ocho puertos, entre ellos varios inéditos— se convirtió en una selva de subidas y castigos. Chaves dejó atrás a los favoritos en la ascensión decisiva, al pie del penúltimo muro: en ese momento, cuando a muchos les dolían las piernas, arrancó con la convicción de quien no acepta segundos puestos.
Por delante quedaron tres: él, el italiano Diego Rosa (Astana) y su compatriota Rigoberto Urán (Cannondale-Drapac), resultado de una fuga valiente que había resistido la masacre del terreno y el paso implacable del pelotón. Y en la recta final en Bérgamo, la escena fue de esas que hacen historia: Rosa lo intentó, Urán apuró las últimas brazadas, pero Chaves, con su corazón retumbando en los pedales, guardó fuerzas y explosión para el esprint. Fue un duelo de gladiadores sobre la bicicleta: Chaves aceleró, Rosa respondió, Urán empujó con rabia… y, al final, fue el colombiano quien alzó los brazos.
Cuando cruzó la meta, levantó los brazos y mostró esa sonrisa que siempre parecía recién estrenada, Europa entera tuvo que admitir lo que Colombia ya sabía: había nacido un monumento latinoamericano. No fue solo una victoria; fue un golpe cultural. El niño de Bogotá, el de las pecas, el que parecía sacado de un patio de barrio, entraba para siempre en el salón grande de la historia del ciclismo.
A Chaves no lo conocí en Lombardía, sino en Paipa. Fue en el Tour Colombia del 2020, después de una rueda de prensa. La escena no tenía protocolo. No había podio, arco de meta ni público enloquecido; había un andén cualquiera frente al hotel, y un ciclista sentado, con sudadera sencilla, las manos entrelazadas, mirando al piso un segundo y al horizonte al siguiente. Si uno pasaba rápido, podía confundirlo con un aficionado más, un mecánico, un amigo de alguien.
Me acerqué con la timidez de quien respeta a un campeón. Y lo que ocurrió después confirmó algo que, con el tiempo, vería repetirse en múltiples entrevistas: Chaves siempre fue el mismo: le hablé, levantó la mirada y apareció de nuevo su sonrisa tan característica. No era una sonrisa forzada; era natural, cálida. Conversamos. Él escuchaba con atención real, respondía sin prisa, con esa mezcla de respeto y curiosidad que ya es parte de su leyenda personal. Después vinieron muchas entrevistas más, en salas de prensa improvisadas, zonas mixtas ruidosas o a la salida de hoteles, y en todas Chaves fue el mismo: amable, respetuoso, sonriente, incluso cuando su rostro serio podía hacer pensar lo contrario.
Nunca fue un ciclista de reflectores ni de redes sociales. No buscaba cámaras, no vivía pendiente del ruido digital ni posaba para algoritmos. Pero cuando aparecía, era auténtico, humilde, presente. Uno de esos deportistas que no necesitan gritar para que el mundo los escuche.
Su carrera tuvo cumbres radiantes y valles profundos. En 2016, su temporada dorada, fue segundo en el Giro de Italia, después de perder la maglia rosa frente a Vincenzo Nibali en una penúltima etapa que todavía duele recordar. Fue tercero en la Vuelta a España, cerrando con broche de oro un año que lo puso entre los mejores escaladores del planeta. Ganó etapas en Giro y Vuelta, demostrando que su talento no era coyuntural, sino permanente. En total, sumó cinco victorias de etapa en grandes vueltas, podios en dos de las tres grandes y triunfos internacionales de peso en varios continentes. Y ya en la madurez de su carrera, en 2023, se coronó campeón nacional de ruta en Bucaramanga. Pero también hubo golpes: lesiones largas, temporadas enteras perdidas, dudas, silencios… El accidente que casi lo retira antes de tiempo. La reconstrucción lenta, casi artesanal, de un cuerpo que parecía negarse. Y contra todo eso, Chaves respondía como sabía: sonriendo.
Porque Chaves no es, sobre todo, un palmarés; es un tono, un modo de estar en el mundo. De niño lo levantaban solo cuando podía pararse por sí mismo. Su papá, Jairo, y su mamá, Carolina, le enseñaron disciplina, respeto, gratitud. Esa base familiar lo sostuvo cuando el ciclismo quiso quebrarlo. Su sonrisa, esa que parece eterna, no es ingenuidad: es resistencia. Es su forma de agradecer, de sobrevivir, de hacer que la dureza del deporte no destruya lo esencial.
No fue un ciclista ruidoso ni un influencer sobre dos ruedas. Es un hombre sencillo, transparente, de los que mantienen la palabra incluso cuando nadie mira. Su Fundación lo confirma: niños y niñas que encuentran en la bicicleta una oportunidad, un refugio y un sueño.
Allí entendemos al verdadero Chaves, un deportista que piensa en quienes vienen detrás, no en los reflectores del presente. Y ahora, en este cierre, en esta despedida que nos aprieta la garganta, se va porque quiere dedicarse a su hija, su esposa, sus padres, su familia. Se va porque entendió que la vida también es eso que no aparece en televisión: las sobremesas, los días tranquilos, las primeras palabras de su hija, la risa cotidiana que nunca cabe en un podio. Se va para ser Esteban, para ser papá, esposo, hijo; para tener aire y descansar.
A Chaves, el Chavito, siempre le quedó bien ese apodo. Por las pecas, la estatura, la sonrisa… Y su retiro recuerda inevitablemente ese capítulo de El Chavo del Ocho en el que él también se va de la vecindad: ese silencio, ese vacío extraño. Así se siente hoy el ciclismo, como en la vecindad.
Porque se va un grande, un Monumento, un podio en Giro y Vuelta, un campeón nacional, pero también se va ese tipo que se sentaba en un andén de Paipa sin poses, blindajes ni distancia. Ese tipo que sonreía con naturalidad, que no necesitaba reflectores para brillar. Por eso hoy solo queda decirle: “No te vayas, Chavito; pero si ya te vas…, gracias por habernos enseñado a sonreír incluso en las subidas más duras”.
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