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Primera cruzada del nuevo siglo

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La quinta guerra contemporánea de Irak se ha convertido en realidad en la primera cruzada del Siglo XXI.

Desde hace setecientos veintitrés años, según unas cuentas, o desde antes según otras, no se había visto una movilización de fuerzas cristianas, arregladas a la carrera como un engendro de varias cabezas, para combatir a los guerreros del Islam. Como en épocas medievales, los esfuerzos bélicos de Francia y la Gran Bretaña, ahora con la participación de los Estados Unidos, inexistentes hace ocho siglos, buscan realizar una excursión, o mejor una incursión en tierras del Oriente Medio, con el fin de erradicar la amenaza de ejércitos musulmanes que pretenden dominar la región. No se trata, por ahora, del control de los lugares santos del cristianismo en Jerusalén. Tampoco se trata de movilizaciones a lomo de caballo con guerreros de a pie. Los “drones” y la fuerza aérea realizan el trabajo con mejor asepsia, pero la idea de fondo es similar.

El proceso de desencuentro entre el Islam y las potencias occidentales, animado por la ignorancia y el fanatismo mutuos, lo mismo que por actos de intolerancia y brutalidad de ambas partes, ha llevado a que, por primera vez luego de varias guerras frías, con uno que otro brote de terrorismo, tropas europeas y norteamericanas, estas últimas recién llegadas a la historia, se enfrenten directamente a un ejército que tiene como bandera, en pleno Siglo XXI, la expansión y consolidación de una interpretación del Islam para imponerse, por la razón o la fuerza, en el Medio Oriente.

Ya sabemos cómo el Papa Urbano Segundo en su momento definió para siempre la esencia de las cruzadas como el esfuerzo “para que los cristianos de Oriente fuesen liberados de las condiciones humillantes de vida derivadas del yugo musulmán”. Conforme a esa lógica, y ante las acciones de los promotores del “Estado musulmán de Irak y el Medio Oriente”, la reacción de los Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, cabe perfectamente dentro de la definición de lo que es una cruzada. Solo que corre los riesgos de hace nueve siglos, porque nadie puede garantizar que la tarea de rescatar a un grupo de cristianos atrapado en las montañas de Irak y amenazado de muerte por unos fanáticos que con su barbarie no le hacen bien al Islam, vaya a ser exitosa.

Por los hechos de ahora, queda claro que el mundo ha perdido siete siglos en su marcha hacia la convivencia. Los cristianos no dejan de mirar el problema como una guerra defensiva ante el avance del Islam apenas afuera de sus fronteras. Los musulmanes no dejan de verlo como su defensa ante la agresión de los europeos, ahora con la ayuda de los norteamericanos, que pretenden desviar de manera arbitraria el rumbo de una historia que comenzó mucho antes de que Occidente siquiera lograra inventar sus lenguas de hoy.

Toda esta tragedia, que se venía gestando lentamente, tiene como fundamento una dosis imperdonable de ignorancia y de arrogancia. Visto desde Occidente el problema como un caso de lesa humanidad, y emprendida ya una campaña militar que ha recibido como en las cruzadas de antaño la bendición papal, muchas conciencias quedan tranquilas porque es comprensible que se actúe en defensa de unas comunidades abandonadas a la saña de unos fanáticos sunitas que quieren verter en contra de cristianos aislados y primitivos toda la furia de la que son capaces. Visto en la lógica del pretendido “Califato de Irak y el Medio Oriente”, se trata de un esfuerzo por establecer un orden islámico en toda la región, que reemplace el precario estado de cosas derivado de la “agresión occidental”.

Si vamos a las raíces de este nuevo episodio, no podemos hacer otra cosa que advertir las equivocaciones de un liderazgo político distante, ignorante, arrogante y ajeno, que en dos momentos cruciales, bajo el mando de los Bush, creyó que podría irrumpir en la historia antiquísima de Irak para imponer un modelo político que fuese copia, o remedo, del depurado sistema de los Estados Unidos.  La mejor prueba de que estaban equivocados es lo que está pasando hoy. Y tal vez falten por ver muchas otras cosas, porque el enfrentamiento abierto con el Islam puede traer consecuencias gravísimas en la medida que hace retroceder el reloj de la historia y siembra una división innecesaria, basada en creencias religiosas, que son las más difíciles de moderar.

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