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La economía venezolana está colapsando.

La mayoría de los analistas predice una contracción del PIB entre un 1% y un 3% en 2014. La inflación supera el 60% y caen las reservas internacionales. El déficit fiscal es de casi el 15% del PIB y el Gobierno enfrenta durísimos problemas de caja para atender sus obligaciones esenciales.

Aunque el precio del petróleo se mantiene cercano a los US$100 por barril, la producción del crudo cayó, se dispararon los gastos y el desorden es generalizado (además del conocido declive técnico y financiero de Pdvsa, hay casos como el de Sidor, que redujo su producción de 4 a 1,5 millones de toneladas de acero, con más del doble de empleados).

El impacto de cualquier modelo económico debe medirse sobre el bienestar de la población. Después de 14 años del llamado socialismo del siglo XXI, es claro que el pueblo venezolano sufre de una gran carestía, una enorme violencia, un estricto control policivo, miles de presos políticos y un sistema político cerrado y excluyente. Incluso, el propio ISE (el DANE de Venezuela) reconoce a regañadientes que la pobreza, que había disminuido en los primeros años del chavismo, está, otra vez, en aumento.

Mientras que Cuba, el hermano mayor de la aventura de Chávez, se mueve, tímidamente, hacia una cierta liberación económica, Venezuela recorre el camino contrario: allí todos los días se hostiga a las empresas y se nacionalizan entidades que pasan a ser controladas por militares y áulicos del régimen que ostentan escandalosas fortunas.

El problema es tan grave que el mismo Gobierno ya no puede ignorarlo. Aunque todavía habla de conspiraciones que amenazan su régimen, Maduro afirmó que Venezuela enfrenta “dificultades económicas severas”. E implícitamente ha aceptado que la raíz del desorden está en sus propias filas. Sacó al pintoresco Jorge Giordani —quien afirmaba que era necesario que hubiera hartos pobres para que el Gobierno tuviera apoyo— y puso de líder de la economía a un personaje que está iniciando algunas reformas. Se devaluó el bolívar y, por física falta de plata, se va a vender, de afán, Citgo, su red de estaciones de gasolina en Estados Unidos. Y para contribuir a los ahorros, se están reduciendo los regalos y transferencias que Venezuela les hacía a sus satélites del Alba, algo que ya se siente con pesar sobre todo en Nicaragua.

Maduro está preparando el terreno para el alza del precio de la gasolina, la misma medida que en 1989 originó el “Caracazo” que abonó el golpe militar y, después, el ascenso del coronel Chávez. En contravía del supuesto derecho de los venezolanos de disfrutar gratis de su riqueza nacional, las duras realidades económicas exigen un precio más realista del combustible (el galón de gasolina se vende a un centavo de dólar, con un subsidio de 15.000 millones de dólares por año). ¿Las bases chavistas seguirán apoyando a Maduro después de que éste dé el mismo paso que liquidó la popularidad de Carlos Andrés Pérez?

Mientras sigue el drama en Venezuela, los actores de la vida política colombiana podrían aprender varias lecciones de la experiencia del país vecino. Entre otras, ¿los comandantes de las Farc caerán en cuenta de la lenta pero clara liberación económica de Cuba y la compararán con los crecientes problemas de abastecimiento, desde el de los rollos de papel higiénico hasta el del whisky, en Venezuela?

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