Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Hoy 13 de agosto, al escribir esta columna, revivo la espantosa madrugada de hace 15 años, cuando cerca de las 5 a.m., mientras me alistaba para ir a tomar un vuelo a Medellín, escuché en Radio Net lo inverosímil: “Acaban de atentar contra Jaime Garzón”.
Jaime, uno de los periodistas y humoristas más brillantes y uno de los hombres más buenos que haya dado este país, se dirigía entonces a esa emisora, su lugar de trabajo, para viajar después a Medellín a encontrarse con los miembros de la Comisión Facilitadora del Proceso de Paz con el Eln, creada por él: todos íbamos a reunirnos en la cárcel de Itagüí con Felipe Torres y Pacho Galán, presos en ese momento. Nos proponíamos conseguir la liberación de los secuestrados por el Eln en el Fokker de Avianca y adelantar algunos pasos en el proceso de paz con ese movimiento.
La noticia de su muerte hizo que, de inmediato, muchas lágrimas rodaran por mis mejillas. Llamé a Jaime Bernal, presidente de la Comisión Facilitadora; a Augusto Ramírez… El viaje a Medellín se suspendió. El país se conmocionó. Decenas de miles de colombianos adoloridos, o centenas de miles, tal vez, fuimos a la Plaza de Bolívar a rendirle homenaje: él lo merecía: Jaime lograba, con su lucidez y su humor, mostrar de la manera más divertida ese rasgo oculto de los poderosos, ponerlos frente al espejo y delatar sus debilidades, o su falta de carácter, o su habilidad para hacer componendas, o sus manipulaciones, o su deshonestidad, o su prepotencia, o su autoritarismo, o su ambición desmedida de poder… Fue así, por ejemplo, como, cuando nadie lo imaginaba, porque apenas corrían los años 90 y Álvaro Uribe era gobernador de Antioquia, que Jaime lo retrató como un “hombre de mano firme y pulso armado” y dijo de él, en voz de su personaje con pinta de tinterillo, Godofredo Cínico Caspa, que era “el dictador que este país necesita”.
Garzón se anticipaba a nuestra contradictoria realidad, la percibía, la desnudaba… Pero no sólo hacía eso… También utilizaba su capacidad de acceder a todos los públicos, entre ellos la guerrilla, para lograr la liberación de secuestrados ¡sin cobrar un peso! Y en su trasegar humanitario, fue calumniado. Y conoció oscuras verdades sobre la corrupción y la criminalidad que corroía no sólo a la delincuencia sino también a sectores de la inteligencia militar, verdades que, seguramente, influyeron en su asesinato.
Y es así como ahora, pasados 15 años de su muerte, las autoridades recapturaron al coronel retirado Jorge Eliécer Plazas, exjefe de inteligencia de la Brigada XIII, quien se escapó de un batallón donde pagaba una condena de 40 años de cárcel por ser el responsable del secuestro y asesinato del empresario israelí Benjamín Khoudari, y lo involucraron en el crimen de Garzón, no sólo por instigar a Castaño para que lo matara, como también se cree que lo hizo el exsubdirector del DAS José Miguel Narváez, cuyo juicio acaba de comenzar, sino además por realizar las labores de inteligencia y seguimiento de Jaime y apoyar a los sicarios que lo acribillaron.
Plazas ha dicho que colaborará con la justicia. Varios deben temblar ante esa posibilidad: ¡así se conocería hasta dónde han llegado los vasos comunicantes del paramilitarismo con el Estado! Y así se condenaría a los últimos responsables del peor de los homicidios, porque con la muerte de Jaime Garzón, los colombianos, además de la risa, perdimos la alarma que nos impedía tragar entero.