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El renacer de Adriano

Abatido por el alcohol, una infancia difícil y la muerte de su padre, el ariete, que renunció a su vida en Italia con el Inter, recupera la felicidad en el Flamengo.

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Villa Cruzeiro posee un código singular. Con relativa frecuencia, un grupo de cometas enredadas sobrevuelan esta favela, encaramada a lomos de una colina de Río de Janeiro en donde la violencia y el narcotráfico están a la orden del día. Pero lejos de una escena bucólica y la inocencia de un niño, el planeo de las cometas sirve para advertir a las pandillas que patrullan el barrio de una presencia amenazante o una nueva incursión policial. Porque allí, los tiroteos y los ajustes de cuentas forjan el día de uno de los territorios más degradados de la ciudad.

Sin embargo, el pasado domingo el suburbio se tomó una tregua. Momentánea, de apenas unas horas. La razón, el histórico triunfo del Flamengo, el equipo más laureado del Brasileirão, comandado por el hijo pródigo de Villa Cruzeiro, Adriano. El Emperador, apodado así tras su paso por el Inter, devolvió al equipo a lo más alto tras 17 años de sequía y saldó de paso una cuenta consigo mismo. “Es un sueño ser campeón, pero por encima de todo, ser feliz”, relató llorando.

No le faltaban motivos a Adriano, ferviente seguidor del Flamengo y cuyo ídolo, Zico, también triunfó allí. El atacante, sumido en una profunda depresión agravada por la muerte de su padre en 2004 y su reciente divorcio, sopesó dejar el fútbol cuando todavía militaba en el Inter. “He perdido la alegría de jugar. En Italia no soy feliz. Voy a reflexionar sobre mi carrera. No es fácil. Dejar el Inter es una opción y no sé si volveré a jugar, pero si lo hago, será en Brasil. Para mi club de siempre, el Flamengo”, dijo entonces.

Años atrás, Adriano se había convertido en el ídolo de la hinchada del Giuseppe Meazza y en el hijo predilecto del presidente interista, Massimo Moratti. “Es buen chico. No hemos hecho lo suficiente por él, pero con cariño saldrá de esta situación”, afirmaba el mandatario, que de la mano de Roberto Mancini no dudó en excluirlo del equipo para la Champions en 2007. La enemistad de El Emperador con el técnico italiano aumentó y sus excesos, su escaso compromiso y su devoción por la noche.

El Inter trató de recuperarlo. Pero Adriano, refugiado en su mansión de San Fermo della Battaglia no puso freno a su erosión personal. La prensa aireó sus desenfrenos (gastaba 40.000 euros cada fin de semana) y el futbolista protagonizó diversos incidentes. No quedaba ni rastro de aquel jugador que sacudió el Calcio con un cañón en la pierna izquierda que permitió al Inter alzar dos títulos.

En pleno declive, Moratti barajó traspasarlo a la Premier, pero el aterrizaje de José Mourinho en el banquillo fue acogido como un estímulo por Adriano. El portugués lo sentó en su despacho e inició la terapia. “Con el físico que tiene sólo puede hacer grandes cosas. Sólo necesita dormir bien y vivir a base de pan y agua”, recomendó el luso. El intento fracasó. La adicción al alcohol no cesó y el club le perdió la pista tras una de sus escapadas a Río para jugar con su selección.

Poco después se supo que se encontraba en Villa Cruzeiro, con los suyos. Rodeado de cerveza y prostitutas, anunció que dejaba el fútbol por un tiempo. Rearmado moralmente, en 2009 Adriano no dudó en aceptar la propuesta del Flamengo. Perdió peso y volvió a calzarse las botas. También regresó con Brasil, con la que aspira a ganar el Mundial de Sudáfrica. De momento, el domingo conquistó la liga de su país como máximo artillero con 19 goles.

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