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El antieditorial

Antieditorial
11 de agosto de 2014 – 05:16 p. m.

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Interesante propuesta la de no controvertir sino de crear líneas de criterio y pensamiento sobre los asuntos que pasan en la cotidianidad mundial, nacional y local. Entiendo que un editorial es asomar una posibilidad de tendencia para marcar pensamientos seculares acerca de un tema en particular.

Bueno, esa es la finalidad de la comunicación pública y amplia: por tanto este estadio de expresión se debe proteger por parte de la autoridad, tomado él como ese entusiasmo, sea racional o instintivo, que nos permite “nocionalizar” ideas o criterios que nos causan alguna curiosidad.

Ahora bien, sacar chispas o puntos contrarios a cualquiera de los editoriales que se han publicado tiene más de ancho que de angosto. Creo que no es un antieditorial sino, todo lo contrario, es “apoyar” o “extender” ese editorial con mayor o menor fuerza a lo propuesto. La diatriba, desde luego, que aumenta un planteo, sea porque le reste importancia, sea porque le controvierta un punto o señal. Pero también creo que un antieditorial es la oportunidad de pugnar o impugnar con argumentos de significante y significado un criterio ya expuesto.

Obvio, todo en beneficio del lector, al cual se le permite tomar de esos dos puntos de vista para que él instruya y construya el tercero, que es el criterio objetivo, desde esa su arista, por conocer o desentrañar sobre un evento cualquiera. Paradójico, ese tercer aprecio de algo, también puede ser ampliado y circulado dentro del ámbito social de ese lector que creó un tercer paradigma, malo o bueno, ello es relativo, lo importante es que el primer editorial trascendió a muchos criterios más, con ayuda del antieditorial para jalonar y formar un juicio aceptable o no, en unos terceros. Esta dialéctica dinámica era la que practicaban los aedos y juglares de la antigüedad. Ello se llama construir ideas, paradigmas y conceptos nuevos acerca de lo que nos rodea; cuando un lector se fija en un escrito que le trasciende y sacude su noción de algo, ese lector queda “tentado” de proponer también su criterio sobre ese algo.

Es decir, se crea y construye un lector consciente, de criterio, de opinión, no un simple lector que simplemente ojea para medio enterarse de algo. Curioso, cuando era niño, nuestro padre, antes de llegar a la sección de las “aventuras”, nos hacía leer las noticias nacionales e internacionales. Él decía que ello era necesario para entender los chistes de la página de las aventuras y, sobre todo, de los caricaturistas, que eran los poetas de las ideas cotidianas, según él. De chicos, siempre buscábamos coincidir esas noticias con los gracejos del caricaturista sobre una realidad nacional o externa. Ello nos formó el criterio de ver y observar las cosas. En este mundo tan dinámico donde todas las cosas y hechos pasan tan rápido y no queda muchas veces tiempo para revisar sobre algo en forma metódica, a más que las tecnologías sintetizaron los discursos en caritas felices y contracciones extrañas en las palabras, los lectores vamos perdiendo la noción de la arquitectura del universo, sólo nos limitamos al entorno, pero no al contorno que es más amplio que éste, pero menos que la vastedad.

Restamos vastedad y en esa dinámica también restamos la profusión de las ideas. Alguien decía que todo lo que existe construido (culturas, ideologías, tesis, investigaciones, etc.) sobre la faz de la tierra, primero estuvo en las mentes de los hombres que imaginaron esas cosas.

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