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“Mirarse al espejo no es agradable, y va a doler”, dijo en el Foro de Víctimas Javier Ciurlizza, director para América Latina del International Crisis Groupe.
Esa frase, pronunciada durante la apertura de ese conmovedor encuentro convocado en Cali por Naciones Unidas y la Universidad Nacional, al que asistieron cerca de 1.500 de los 6,5 millones de víctimas de nuestro conflicto armado y en el que había personas que han sufrido los horrores cometidos por todos los actores de la guerra —Farc, Eln, paramilitares, Ejército, Policía, DAS, etc.—, describe con acierto el proceso de catarsis nacional que se inició en Cali, el cual continuará en La Habana con los encuentros entre las Farc y los representantes de las víctimas, y que necesariamente tiene que extenderse a cada rincón del país, a las sedes de los gremios, a la de Acore, que agrupa a los militares retirados, a las canchas de golf de los más exclusivos clubes, a las principales ciudades tan alejadas del conflicto, a los corredores de las haciendas (El Ubérrimo incluido) y al corazón de cada colombiano.
Examinemos no más una mínima muestra de los testimonios recogidos y de la imagen de país que se refleja en el espejo en el que nos miramos en Cali:
“Soy víctima de abuso sexual de la guerrilla”, dice Yolanda, una chocoana vestida de colores que resaltan sobre su piel azabache. “Cuando tenía 11 años, la guerrilla llegó a mi casa, me violaron. A los pocos días mi mamá les reclamó y la mataron. Entonces me tocó trabajar para mantener a mis cuatro hermanos… A mi papá nunca lo conocí”.
“Soy víctima de los paramilitares”, afirma Javier, campesino de Dagua. “A mi hijo de 14 años lo hirieron durante un fuego cruzado con la guerrilla cuando buscaba unos terneros. Los paras lo cogieron vivo y lo despedazaron a machete”.
“Soy víctima del Eln”, dice Jenny, siempre vestida de blanco. “A mi hijo, recién salido del ejército, lo mataron en el sur de Bolívar cuando fue a visitar a la novia”.
“Soy víctima del Estado”, afirma Marco, del Movimiento de Hijos contra el Olvido y el Silencio. “A mi papá, un líder sindical, lo asesinaron en el Magdalena Medio los paramilitares y el ejército”.
“Soy víctima de los falsos positivos”, dice durante el almuerzo una campesina boyacense de piel blanca y mirada teñida de rabia. “A mi hijo lo cogieron trabajando en el terminal de transportes de Tunja, lo mataron y lo presentaron como guerrillero”.
“Soy víctima de las Farc”, afirma Emerson Rojas. “Mi papá pertenecía al Ejército. Lo secuestraron hace 22 años. Entonces yo tenía nueve meses. Nunca supimos de él… Siento que aún no estamos preparados para la paz: tenemos que poder perdonar a los victimarios y recibirlos en la sociedad”.
Como decía Alfredo Orono, víctima del conflicto de Uganda y oficial de la ONU en temas de Estado de derecho en Sudán del Sur: “Todos, como seres humanos, podemos hacer las cosas más crueles, hasta matar y torturar; pero también todos tenemos la capacidad de hacer el bien y de perdonar. Y el perdón es muy poderoso”.
Presidente Santos; expresidentes; senadores Uribe y Cepeda; generales; comandantes Timochenko y Gabino; señores Mancuso, Macaco, etc; empresarios, hacendados, periodistas, colombianos todos: Emerson tiene razón: ya lo único inteligente que nos queda por hacer es contemplarnos al espejo, palpar el horror que hemos construido, observar las centenas de miles de cadáveres que hemos dejado en el camino, sentir no sólo nuestro dolor sino también el de los otros, mirarnos a los ojos, perdonarnos, tomarnos de la mano, y caminar juntos para construir una Colombia nueva, próspera, generosa, sin odios y en paz.
Esta querida tierra, y nuestros hijos, se lo merecen.