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¿Es el cuerpo de la mujer un objeto que llama al acoso? ¿Hemos de quedarnos calladas ante el abuso contra nuestros cuerpos, soportando ultrajes por miedo, sumisión o, peor aún, por culpa?
La doble victimización a la que se enfrenta la mujer colombiana ante el acoso sexual, que por una lado la maltrata y vulnera su dignidad femenina, y por otro la hace sentir culpable y la somete además a un proceso que termina en impunidad, nos enfrenta a un tema que atañe a toda la sociedad colombiana: que es, sin duda, la manifestación de un álgido problema social referido a la existencia de un machismo imperante que ha penetrado nuestra cotidianidad y se ha encargado de naturalizar acciones como las que se han denunciado recientemente —aunque vinieran ocurriendo hace bastante tiempo—. Igualmente, nos invita a pensar el tema como un reflejo de lo que somos: una sociedad machista, dividida e indiferente a los problemas del otro.
El encierro en el que sumerge a la mujer el acoso obedece principalmente a razones de índole cultural, como los imaginarios sexistas en torno al cuerpo femenino —concebido como un objeto que todos pueden y quieren poseer—, lo que explica su continua justificación bajo pretextos populares tan absurdos como la ropa que lleva puesta la mujer, como si ésta diera el derecho a cualquier hombre de adueñarse de su cuerpo, ultrajarlo y realizar en él sus más oscuras perversiones.
Esto resulta haciendo de ello una práctica violenta que se ha naturalizado en la sociedad colombiana y que día a día afecta a más mujeres, presentándose no sólo en los medios de transporte —donde se hace más visible—, sino también en las calles, donde se manifiestan actos abusivos que van desde un piropo hasta frases obscenas, manoseos y persecuciones en la vía pública.
Otros de los problemas que hablan sobre la tolerancia social ante este hecho tan degradante para la mujer son la indiferencia, la falta de solidaridad y la impunidad ante la ley, lo que refleja la complicidad de hombres (y paradójicamente de mujeres) ante el acoso sexual, además del individualismo acérrimo que nos domina y que hace de la ciudad una clase de selva en la que impera el “sálvese quien pueda”.
Como si esto fuera poco, se busca implementar medidas que no solucionan para nada el problema, además de invisibilizar sus causas profundas y los múltiples niveles en que se manifiesta, creando nuevas disyuntivas que generan otra victimización en las mujeres al sentirse culpables si son agredidas, en caso de ir en el vagón mixto por no estar de acuerdo con la segregación entre los géneros, derivada de las nuevas propuestas.
Sin duda alguna atravesamos un momento de coyuntura que se presta para discusiones profundas, proceso en el que los medios de comunicación poseen una gran responsabilidad. Esto por la forma en que nos presenten la información, lo críticos que pueden llegar a ser y la profundidad con que traten el problema. Es así como en esta discusión han de ser protagonistas, además de los medios, la academia, con sus aportes para entender el problema, los artistas, con sus propuestas creativas para generar conciencia social, la escuela, como un espacio que cuestione la educación de género tradicional y la transforme, el Estado, como un agente que genere una legislación sólida e incluyente y, finalmente, sin ser menos importante, nosotras las mujeres, dueñas de nuestros cuerpos, llamadas a hacerlo respetar, a dejar el miedo y nunca más volver a callar.
* Sandra Ángel