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Como alguna vez dijo el escritor uruguayo Eduardo Galeano, en toda guerra se asesina en defensa de una causa justa, se extermina en nombre de una moral superior o se mata invocando el legítimo derecho a la defensa.
La barbarie desatada sobre la Franja de Gaza desde el inicio de la ofensiva israelí se ha pretendido justificar acudiendo a este último principio. La estela de devastación y muerte representaría el lamentable precio por extirpar de los territorios anexados la amenaza del terrorismo islámico.
Hamas es una organización terrorista, y es verdad, cuenta con el apoyo de Irán y de movimientos islámicos radicales. El lanzamiento de cientos de cohetes Qassam contra la población civil de Sderot, Ascalón y otras ciudades del estado judío tipifica un clarísimo acto de terrorismo. Israel, como cualquier otro estado, está en su legítimo derecho de contrarrestar y eliminar la agresión. Igualmente es cierto que la respuesta de las Fuerzas de Defensa Israelí (FDI) ha sido salvaje y desproporcionada.
Tras la operación “Plomo Fundido”, precursora de la ofensiva actual, el Consejo para los Derechos Humanos de la ONU encontró evidencias para acusar a ambos bandos de violar el derecho internacional y la Convención de Ginebra. En uno de los episodios más infames de ese sangriento asalto a Gaza, según versiones de testigos, tropas israelíes confinaron en un edificio, en la zona de Zaytoun, a cien miembros de un clan familiar (Samouni) y los obligaron a permanecer en su interior durante 24 horas. El edificio fue luego alcanzado por misiles de la aviación israelí; veintiuna personas murieron, entre ellas tres bebés y seis niños; cuarenta civiles más resultaron heridos. En Israel, ningún militar fue encontrado culpable de la masacre [8]. El Reporte Goldstone de la comisión investigadora de la ONU documenta otros 35 incidentes en los que también se habrían cometido crímenes de Guerra [2].
Amnistía Internacional reporta el asesinato de niños y mujeres cuando huían de sus hogares en busca de refugio o cuando conducían a familiares heridos a los hospitales. Según testimonios, en la tarde del 4 de enero de 2009, miembros de la familia Abu Halima fueron acribillados a tiros mientras conducían a sus parientes, quemados en un ataque con fósforo blanco en la zona Sayafa, noroeste de Gaza. La brutalidad de la matanza puede leerse en [7]. Debe aclararse que el uso de bombas de fósforo blanco sobre zonas densamente pobladas contraviene el Protocolo III de la Convención de Armas Convencionales [1] y [4]. Las partículas de fósforo incandescente producen quemaduras horrendas al entrar en contacto con el aire; devoran la carne, y originan heridas profundas que a menudo se extienden hasta el hueso. El dolor y sufrimiento de las víctimas es indescriptible.
Las razones del gobierno de Benjamín Netanyahu para explicar la execrable cifra de “daños colaterales”, ese monstruoso eufemismo concebido para evitar mencionar el asesinato de hombres, mujeres y niños, ha sido invariablemente la misma: la culpa es del enemigo y su perversa manía de anteponer civiles como “escudos humanos”. El argumento es falaz, amén de ser una torpe maniobra propagandística, pues aunque la acusación fuese cierta (en algunos casos lo ha sido), arremeter contra civiles retenidos en contra de su voluntad sería aún más repugnante. Pero el razonamiento no solo es engañoso, también es hipócrita, pues Amnistía Internacional ha denunciado a las FDI de recurrir a esa práctica abominable cuando les ha sido conveniente [7].
Como suele ocurrir en los conflictos bélicos, las declaraciones de los militares ofrecen, por regla general, una versión cándida y descarnada de lo que realmente ocurre en el campo de batalla, harto diferente de la retórica acostumbrada entre apologistas y detractores de cada bando. Lo que usualmente se describe de manera lacónica como “guerra contra el terrorismo” obedece en realidad a una estrategia militar en extremo eficaz cuando se pretende eliminar la capacidad bélica de un enemigo difuso, uno que recibe apoyo de la población civil y se camufla entre ella, como ocurre en la guerra contra guerrillas o contra grupos armados clandestinos. La táctica consiste en el uso de fuerza desproporcionada con la intención de aterrorizar y escarmentar a la población con castigos inclementes para disuadirla de colaborar con el enemigo.
El excomandante Moshe Ya’ alon resume la estrategia con claridad meridiana: “Grabar a fuego en la conciencia de los palestinos el temible poder del ejército de Israel” [3]. Y Haim Jelim, gobernador en 2009 de la región de Eshkol, lo ha expresado de manera aún más inteligible: “Como los perros de Pavlov… [los palestinos] deberán entender que por cada cohete recibirán de nosotros una bomba de una tonelada”. Sus palabras son de una exactitud asombrosa: en ocho años de hostilidades, veinticinco civiles han muerto víctimas de cohetes de Hamas, en contraste con miles de palestinos caídos del otro lado. Tal parece que esos “pobres animales” no parecen asociar un estímulo-respuesta tan evidente.
Quien tal vez sea el analista militar más respetado de Israel, Ze’ev Schiff, no ha dudado en reconocer que “El Ejercito de su país ha atacado poblaciones civiles, conscientemente y a propósito […], y que jamás ha hecho salvedades entre objetivos civiles y militares…”, [3] Desde esa perspectiva, escuelas, hospitales, refugios, barrios residenciales… constituirían objetivos militares legítimos si en ellos se comprobara o sospechara la presencia de terroristas, sin miramientos de ninguna clase hacia la seguridad de la población.
La implementación de esa estrategia, conocida como “doctrina Dahiyeh”, en alusión al barrio chií de Beirut reducido a escombros por la fuerza aérea israelí en 2006, resulta evidente para más de un analista del conflicto. El ataque hace unos días contra una escuela de la ONU destinada a albergar refugiados palestinos en Beit Hanun, en el norte de la Franja de Gaza, tildado por el portavoz del Ministerio de Sanidad en Gaza de “verdadera masacre” (16 personas murieron, 7 de ellas niños, y alrededor de 200 civiles quedaron heridos), así como el ataque a un hospital de Gaza que acabó con la vida de 4 personas e hirió a 50 más, constituirían una demostración fehaciente de la aplicación de esa feroz doctrina, pues según el Observatorio de Derechos Humanos Euro-Mid, el ejército israelí fue advertido de las coordenadas exactas de la escuela cuatro horas previas al ataque, además de que se izaban en sus terrazas enormes banderas de la ONU [5].
Para comprender esas acciones se hace necesario conocer el contexto histórico.
Tras la victoria legítima de Hamas en las elecciones parlamentarias, en enero de 2006, Israel, en represalias por un gobierno que jamás reconoció, estrechó aún más el cerco sobre los habitantes de Gaza. La crueldad llegó hasta el punto de cortar el suministro de agua, en violación a la Convención de Ginebra, como comenta Noam Chomsky en una entrevista realizada en 2007 [3]. La gravedad de la situación obligó al Observatorio de la ONU para los Derechos Humanos a emitir un comunicado exigiendo que se levantase el «estado de sitio» y se garantizara la entrada de alimentos, medicinas y combustibles.
La tensión aumentó luego del secuestro del cabo Gilad Shalit, en junio de 2006. Pasa sin mención en los medios el hecho de que días antes Israel hubiese secuestrado a dos civiles en Gaza y los hubiera trasladado a Israel, en violación de la legislación internacional, explica Chomsky en esa entrevista. El ataque definitivo contra los palestinos se inició el 27 de diciembre de 2008. Veintidós días duró el brutal asalto. Murieron 1.300 personas en medio del fuego cruzado, o víctimas de los bombardeos contra áreas densamente pobladas. Más de 5.000 resultaron heridos. El menosprecio de las FDI por la vida de hombres, mujeres y niños se refleja en las cifras: 70% de las víctimas fueron civiles indefensos, una tercera parte de ellos menores de edad, incluyendo cientos de niños, según varios organismos de derechos humanos, entre ellos la organización israelí B’Tselem.
En Gaza sobreviven hoy más de un millón y medio de desheredados en apenas 360 km2, en uno de los lugares más hacinados del Planeta. Alrededor del 80% de la población subsiste por debajo del nivel de pobreza, tras décadas de expropiación y opresión. Durante años sus pobladores han debido soportar toda suerte de vejámenes, humillaciones, persecuciones, detenciones indefinidas (a la manera ignominiosa de Guantánamo), asesinatos selectivos, secuestros, torturas…, como lo han denunciado numerosos activistas políticos y organizaciones de derechos humanos en repetidas oportunidades. No es casual que el Tribunal Internacional sobre la Infancia afectada por la Guerra y la Pobreza se refiera a la franja de Gaza como “el mayor gueto del mundo”.
Así se niegue hasta la saciedad, Israel ocupa un territorio de manera ilegal, en flagrante violación de la ley internacional, como lo reconoce la Corte Internacional de Justicia, la Asamblea General y el Consejo de Seguridad de la Naciones Unidas, y hasta la misma Corte Suprema de Justicia del Estado judío [9]. Las políticas expansionistas, los cientos de asentamientos ilegales de los últimos años y la perpetuación de una mentalidad de segregación racial han recibido la condena del grueso de los estados miembros de la ONU, de las organizaciones de derechos humanos y de académicos e intelectuales alrededor del mundo, comenzando por Israel.
Las imágenes de niños destrozados y de escuelas encharcadas en sangre son más elocuentes que cualquier argumento. No obstante, cuando en los medios se escucha al embajador de Israel en Estados Unidos, Ron Dermer, reclamar para su ejército el Premio Nobel de Paz, por “luchar con contención inimaginable”, resulta inevitable no pensar en los Volksgerichtshof de la Alemania nazi. La “contención inimaginable” y el “respeto” por la vida de civiles palestinos resulta evidente para cualquiera capaz de ver con honestidad los hechos: 1.050 muertos, en su mayoría civiles, más de 6.000 heridos, 7.014 casas destruidas, 143 colegios, 15 centros de salud y 67 mezquitas reducidas a escombros, en los pocos días desde que se inició la ofensiva.
A quienes se embelesan hablando del conflicto como si fuese una guerra entre dos ejércitos convencionales (el señor Dermer llegó a comparar los cohetes lanzados por Hamas sobre Israel con los bombardeos alemanes sobre Londres [6]) habría que recordarles la conversación imaginada por san Agustín entre Alejandro Magno y un pirata capturado por sus huestes. Cuando el monarca lo cuestiona por su antojo de robar y saquear, el corsario, mirándolo a los ojos, le reclama: “Yo tengo un pequeño barco, por eso me tachan de ladrón y pirata. Tú tienes una flota: por eso te aclaman como emperador”.
[1] http://news.bbc.co.uk/2/hi/middle_east/7831424.stm
[2] http://imeu.org/article/operation-cast-lead
[3] Gaza in Crisis: reflections on Israel’s war against the palestinians, I. Pappé, N. Chomsky, 2010.
[4] http://www.hrw.org/reports/2009/03/25/rain-fire-0
[5] http://www.elespectador.com/noticias/elmundo/nubes-negras-sobre-gaza-articulo-507275
[9] http://en.wikipedia.org/wiki/Israeli-occupied_territories