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A Colombia —Palo porque llueve y palo porque no llueve— le aterra el agua. Algo anda muy mal si éste, quizá el principal recurso natural renovable del país, nos produce pánico. El agua se ha convertido en un símbolo de nuestros complejos. No podemos con ella, no sabemos usarla, nos avasalla.
Una de las principales responsabilidades del Estado, nacional y local, es obviamente el agua. No digo que no se haga nada; digo que se hace poco, con poco dinero, con poca planeación, con poca continuidad y con pocas ganas. El agua encarna en últimas la disfuncionalidad paroxística del Estado colombiano. Se necesita que vengan el Niño o la Niña a causar estragos cada tres o cuatro años para que el burócrata de turno se espabile y haga como que hace algo. Aplacado el fenómeno, reanuda su eterna siesta.
Pensemos con el deseo por un instante. En vez de rezar para que se llenen los inestables e insalubres jagüeyes de La Guajira, este departamento tendría que contar desde hace décadas con grandes plantas desalinizadoras, contrapunteadas por una red de pozos profundos y de plantas de potabilización, todo conectado mediante tuberías. ¿Que algunas de estas inversiones son cuantiosas? Cierto, pero el efecto se diluye cuando se amortizan por largo tiempo. Como dice el proverbio chino: “el mejor momento para sembrar un árbol fue hace veinte años”.
En la misma tónica podríamos extendernos al sediento Yopal, donde se han robado varias veces la plata del acueducto, o a Santa Marta, para no hablar de las grandes zonas que se inundaron cuatro años atrás o de departamentos por el estilo del Chocó, que sufren desde siempre por exceso y no por falta de lluvia. Más hacia el centro del país, el río Magdalena sería una maravillosa fuente de agua si no lo hubiéramos convertido en una cloaca. Así como está, encarna las miserias de todo un país y, en particular, de su capital, que le envía de regalo al envenenado río Bogotá. Y ya que menciono a la capital, si descontamos la penosa situación de su río epónimo, ¿cuenta ella con una gestión ejemplar del agua? Pues no, al menos según el concejal Carlos Vicente de Roux, quien ha hecho serias críticas a la empresa de acueducto. Ah, y que conste que lo dice uno que le tuvo toda la paciencia del mundo al alcalde Petro.
En la crisis del agua participa la corrupción, claro que sí, pero es casi más importante la falta de imaginación y de ambición. Las aguas de un país como Colombia conforman un sistema: montañas, cielos, ríos, subsuelo, lagos, lagunas, ciénagas y el mar. De ahí que debieran ser objeto de un plan de manejo integral y de largo plazo, en el que, además, figure el calentamiento global. Así, habría unas prioridades en tiempo seco y otras en tiempo húmedo, habría embalses grandes y sobre todo pequeños, como los hay en China por miles, dependiendo de las necesidades. Bien trazada la política, su ejecución tendría que correr por cuenta de grandes empresas vigiladas por el Estado. Para mi gusto, el mejor modelo es el de las empresas mixtas inscritas en bolsa, pero igual sirven las 100% públicas y las 100% privadas. Lo fundamental es que cumplan con la vieja máxima de Deng Xiaping, según la cual no importa el color del gato, sino que cace ratones.
Aclaro que esta es la tercera o cuarta vez que escribo la misma columna con distinto énfasis. No creo que esté abusando de la hospitalidad del periódico cuando llegue la ocasión de escribir la siguiente.
andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes