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Acordar la terminación del conflicto colombiano y caminar hacia la PAZ sí es posible, lo que no es posible es hacerlo sin la participación de las víctimas.
Ellas son las que han puesto la cuota más alta de dolor en esta guerra, y además son las únicas legitimadas para perdonar; nadie puede hacerlo por ellas, y un Estado que intente suplantarlas en ese proceso corre el gravísimo riesgo de deslegitimarse. El perdón no puede decretarse y el olvido tampoco puede legislarse, es por esto que nadie más, sino las mismas víctimas, son las que deben participar en la mesa de La Habana. Pero este comienzo tiene algunos inconvenientes prácticos:
1.- ¿Quién puede perdonar crímenes contra la humanidad y con qué criterios?
2.- No creo que haya en Colombia una sola madre o esposa que le interese ir a La Habana a tomarse una foto con el asesino de su hijo o de su esposo, y no creo que exista una sola víctima a quien le interese participar en una “reunión social” con su secuestrador. Para las víctimas viajar a La Habana sólo tiene sentido si es para recibir la anhelada verdad sobre los hechos victimizantes y una petición sincera de perdón por parte de su victimario. Ese encuentro debe entenderse como un gigantesco aporte moral de las víctimas para iniciar con solidez un proceso histórico y responsable de construcción de una ética ciudadana del perdón.
3.- Las víctimas tenemos muy claro que este no debe ser un proceso de venganza sino de sanación histórica, y esperamos que los victimarios algún día lo entiendan así; es más, desde lo personal ya muchos hemos perdonado a nuestros verdugos, pero desde lo ciudadano y lo colectivo consideramos que este punto del proceso de paz es fundamental para sanar heridas acumuladas a lo largo de más de 50 dolorosos años de conflicto, y a diferencia de los temas anteriores, debe desarrollarse sin secretos ni confidencialidad y con absoluto respeto por la dignidad y los derechos de las víctimas a la verdad como primera medida de satisfacción; a la justicia aceptando que pueden aplicarse medidas alternativas; las víctimas deben tener derecho a la reparación integral por parte de sus victimarios, y a la inclusión laboral, social y política en el posconflicto, y no pensar exclusivamente en la inclusión de los victimarios. Por otro lado, debe quedar claro el qué y el cómo de las garantías de no repetición que los victimarios se obligarán a cumplir con la sociedad colombiana; además, también debe haber claridad sobre cuáles van a ser los mecanismos de control y las sanciones por el incumplimiento de los compromisos adquiridos en la mesa.
4.- Son tantas las víctimas, que resulta imposible trasladarlas todas a La Habana, razón por la cual debe encontrarse un mecanismo que les permita ser escuchadas y obtener respuestas de sus victimarios. Esto requiere tiempo y espacios adecuados, además de que no pueden ser artificiosamente representadas por organizaciones de víctimas que hoy abundan.
Pero nada de lo anterior será posible sino se superan tres obstáculos evidenciados hasta hoy:
1.- La arrogancia de las Farc, que los ha llevado incluso a burlarse de las víctimas.
2.- La metodología utilizada en los foros anteriores ha permitido que las víctimas de las Farc queden invisibilizadas ante la presencia mayoritaria de víctimas del Estado.
3.- Víctimas, sociedad civil y Gobierno deben ser uno solo en la mesa de La Habana, pero también es la hora de que el Gobierno se ponga la camiseta de los ciudadanos más afectados con la guerra y juegue del lado de las víctimas, el partido más importante de la negociación.
*Sigifredo López Tobón