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Colombia es un pueblo

Daniel Pacheco
21 de julio de 2014 – 08:59 p. m.

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La fila para montar en las primeras escaleras eléctricas de Manizales era de una cuadra.

Afuera del centro comercial El Ahorro, miles de personas esperaron por horas para subir y bajar por los modernos aparatos. Según recuentos de la época no tan lejana, en el 2003, cuando se inauguraron las escaleras eléctricas, recibieron 50 mil visitantes en los primeros días.

“¡Qué pena, los pereiranos deben estar burlándose de nosotros!”, dice Semana que murmuraban entre la fila los manizaleños, conscientes de su “montañerada”, como ellos mismos la llamaban. De hecho, también en Bogotá soltamos una carcajada. Un amigo de familia manizaleña que vivió la inauguración, volvió con el cuento de que el centro comercial había contratado varios asistentes para ayudar a la gente a subir y a bajar de las escaleras eléctricas; toda una pintoresca contradicción con el propósito automatizador de la modernidad.

Poco más de una década después, otra fila enfrenta al país con los matices del progreso. La semana pasada, decenas de bogotanos esperaron desde las cinco de la mañana para tomarse un café en Starbucks.

La de Starbucks no es una innovación mecánica. Con más de 23 mil tiendas en 64 países Starbucks es una de las mejores representantes del nuevo peldaño en la escala del capitalismo: la economía de experiencia. El concepto, acuñado por dos economistas (Joseph Pine y James Gilmore), traza etapas de progreso económico. Empieza por la economía de materias primas, sigue la economía de bienes, luego la de servicios y finalmente la economía de experiencias.

En esta etapa, la de Starbucks, los ávidos consumidores no esperan en la paramuna mañana capitalina para tomarse solo un buen café, ni recibir un buen servicio. Starbucks pasó de ser una cafetería de barrio en Seattle a una empresa con ventas de 15 mil millones de dólares al año porque vende una experiencia cara. El café es bueno, ofrecen una gran variedad de preparaciones con nombres sofisticados, la tienda huele a café, el grano es “orgánico”, fue adquirido de productores certificados con prácticas “sostenibles”, al poner la orden le preguntan el nombre a cada cliente, el decorado recuerda a la sala de la casa, hay sofás e Internet gratis para tomarse el tinto… Al comprar un Starbucks, esos bogotanos le madrugaron a un estilo de vida, que salen orgullosos a mostrar con sus vasitos con tapa o pitillo por las calles del parque de la 93.

La avidez madrugadora despertada por Starbucks delata la falta de oferta de experiencias para los consumidores colombianos. Desde afuera, la fila alrededor de Starbucks se parece a la fila afuera del centro comercial con escalera eléctrica.

Y llega como un golpe de realidad la sensación de que el país no es tan moderno como uno pensaba. Nuestro edificio más alto es más de cuatro veces más bajito que el más alto del mundo. Nuestra capital no tiene metro. Incluso nuestro capitolio se ve como un recinto enano frente a una placita, con una estatuilla. Sólo tenemos un Nobel, y fue el colombiano que tuvo la genialidad de hacer universal a su pueblo. Tal vez somos un país que se contenta con hacerle fila a la modernidad después de una larga jornada de producción de materias primas.

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