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La tarde del viernes 11 de marzo de 2011 me encontraba a 19 metros bajo tierra, a bordo de la línea de metro Oedo de Tokio, cuando los vagones se empezaron a sacudir y a los pocos segundos el tren quedó detenido en medio de un túnel. Las sacudidas continuaron y un sonido cavernoso, magnificado sin duda por el susto, hizo que los pasajeros nos interrogáramos con la mirada. (Recomendamos: Columnas de Gonzalo Robledo sobre la cultura japonesa. Aquí su Ministerio de la Soledad).
El gran terremoto del este de Japón sacudió la costa del Pacífico con tal ferocidad, que los especialistas del Instituto de Meteorología en Tokio dudaron de si la magnitud 9 en la escala Richter no sería un error de sus sismómetros. Los japoneses reaccionan a los terremotos con un aplomo rutinario, pues su archipiélago registra cada año centenares de temblores de baja intensidad por estar situado en el Cinturón de Fuego del Pacífico. Además, justo en su lecho marino convergen placas tectónicas en constante tensión que aumentan la actividad telúrica. Cuando los empleados del metro confirmaron que los rieles estaban intactos, reanudamos el trayecto a baja velocidad y en la siguiente estación nos anunciaron que los recorridos de esa línea, con los subterráneos ferroviarios más profundos de Tokio, quedaban suspendidos por el resto del día.
Al salir a la calle, un río de gente caminaba hacia los grandes centros comerciales donde esperaban encontrar algún medio de transporte hacia sus casas. Muchos llevaban cascos blancos, mochilas de emergencia y aunque la preocupación era palpable, el orden predominaba. Que 15 millones de habitantes de una capital interrumpan a la fuerza su rutina y no se genere caos es posible gracias a que cada 1° de septiembre Japón conmemora el Día de la Prevención de Desastres con un masivo simulacro de evacuación de ciudadanos, en el que participan escuadrones de emergencia del Ejército, la Policía y los Bomberos.
En empresas, escuelas e instituciones se verifican las rutas de escape, se recorren las rutas más cortas hasta los parques vecinos designados para la evacuación y se confirma el contenido de las mochilas de socorro que llevan cascos, provisiones, botiquines y linternas. Los consulados extranjeros en Tokio traducen las instrucciones de emergencia a su idioma respectivo y mantienen actualizados los números telefónicos de sus connacionales para ubicarlos de inmediato en caso de urgencia.
Al llegar al céntrico barrio de Shinjuku, una multitud atónita miraba una pantalla gigante que transmitía el avance en la región de Tohoku de una ola kilométrica color de barro que se tragaba a su paso árboles, casas, carreteras, automóviles y puentes. Siguiendo la norma de no enfocar cuerpos humanos, los helicópteros de la televisión nacional sobrevolaban las provincias de Iwate, Miyagi y Fukushima, y mantenían una deferente vista de pájaro.
En tierra, la ubicuidad de los teléfonos celulares permitió que, por primera vez en la historia, miles de personas grabaran de forma simultánea todos los ángulos posibles del horror y la destrucción y dejaran en Youtube un repositorio invaluable para futuros investigadores e historiadores. El tsunami remontó sin problema los rompeolas más altos y en algunas zonas penetró hasta 10 kilómetros tierra adentro. Cuando encontraba montañas alcanzaba los 40 metros de altura. Se hubiera podido hablar de apocalipsis si lo peor no estuviera todavía por llegar.
En la sala de control de la central nuclear de Fukushima Daichi, que aloja seis reactores que producen energía eléctrica para Tokio, los empleados descubren que el tsunami ha inutilizado los sistemas de refrigeración de emergencia. Los reactores de Fukushima, y todos los usados en el mundo hoy, funcionan con un método conocido como fisión y producen vapor con agua hervida que mueve turbinas y genera electricidad.
Su energía es considerada limpia por no emitir gases de efecto invernadero ni partículas. Pero alcanza temperaturas tan extremas, que si las barras de combustible nuclear se dejan de enfriar corren el riesgo de derretirse, el escenario más temido en este tipo de instalaciones, pues produce explosiones y libera radiactividad al medioambiente.
Cuando los encargados de la central decidieron usar agua de mar para enfriar los reactores fue tarde. El combustible se empezó a derretir en tres de los reactores. Una reacción química en el interior produjo hidrógeno que se recalentó y, al día siguiente, el 12 de marzo, se produjo una explosión. Es la imagen más sobrecogedora de aquellos días y aunque técnicamente no era una explosión nuclear, propició el alarmante titular: “Nube radiactiva en Fukushima”.
A la confusión habitual que rodea las primeras informaciones de una catástrofe se sumó la dificultad de explicar la radiactividad, la forma de medirla, su efecto en el cuerpo humano y su comportamiento en la atmósfera.
La inminente catástrofe nuclear suscitó comparaciones con Chernóbil, la catástrofe nuclear soviética de 1986, y se empezó a hablar de evacuar un área de 250 kilómetros de radio, que incluiría a Tokio y desplazaría unos 50 millones de personas. Una nube de radiactividad “Made in Japan” llegará a California, dijeron algunos medios norteamericanos.
Muchas multinacionales extranjeras pidieron a sus empleados en Japón abandonar cuanto antes el país con sus familias, y varios países fletaron vuelos humanitarios para rescatar a sus nacionales. Colombia envió un avión de la Fuerza Aérea que se llevó un primer grupo de 139 colombianos. Días después, otros 115 partieron a bordo de un Airbus A340-200 fletado por el gobierno de Venezuela, junto a 25 venezolanos, 21 cubanos, 20 bolivianos y otros 62 pasajeros de diferentes nacionalidades.
La radiactividad contaminó 9.000 kilómetros cuadrados (poco más que la superficie de Caldas y Quindío juntos). Unos 165.000 residentes en las poblaciones vecinas a la planta fueron desplazados. La empresa que opera la central accidentada Tokyo Electric Power Co. (Tepco), asegura en su página web que la radiación no causó ninguna muerte.

Para el Organismo Internacional de Energía Atómica (IAEA, por su sigla en inglés), Fukushima mereció un 7, la peor nota en la escala de accidentes nucleares. Quedó a la par con Chernóbil por haber liberado “importantes cantidades de material radiactivo” con “efectos generalizados para la salud y el medioambiente”.
Tras el accidente, Japón decretó un apagón nuclear y ordenó el cierre para inspección de sus más de 50 centrales atómicas donde producía el 30 % de su electricidad. La planta accidentada de Fukushima quedó inservible y su desmantelamiento requerirá una masiva operación que tomará por lo menos cuatro décadas. El enfriamiento de los reactores genera cada día 140 toneladas de agua que queda contaminada y se almacena en tanques gigantes. El agua se purifica y está previsto que se empiece a arrojar al mar a partir de 2022, pese a que, según la organización ecologista Greenpeace, aún contiene residuos nucleares peligrosos.
El nombre de Fukushima (Isla de la fortuna, en japonés) se convirtió en una denominación de origen maldita y sus productos agrícolas y pesca, aun los que se cultivan y capturan en zonas no afectadas por el accidente, fueron rechazados durante muchos años por los supermercados.
El gobierno central estableció un programa de descontaminación que consiste en quitar cinco centímetros de tierra en una superficie de 31.000 hectáreas de huertos (el equivalente a la extensión total de Usme, Tunjuelito, Bosa, Kennedy y Fontibón, en Bogotá). También se limpiaron a mano y con mangueras 410.000 viviendas y más de 18.000 kilómetros de carreteras. Fukushima acaparó el protagonismo de la triple tragedia pese a que de los 22.288 muertos y desaparecidos, la mayoría perecieron con el terremoto y el tsunami en las provincias de Iwate y Miyagi.
Según el Banco Mundial, las pérdidas provocadas por aquel 11 de marzo rondarían los US$235.000 millones, lo que se convirtió en el desastre natural más costoso de la historia. Cuando en 2013 el entonces primer ministro, Shinzo Abe, defendió la candidatura olímpica de Tokio, afirmó: “Todo está bajo control”, y agregó que Fukushima no representaba ningún peligro para la capital. “Ni ahora ni en 2020”.
Para hacer a Fukushima partícipe del ambiente festivo de los JJ. OO., se le asignaron las competiciones de béisbol y sóftbol, que tendrán lugar en un estadio lejos de la costa afectada. Está previsto que la ruta de la antorcha olímpica pase por algunas de las poblaciones que fueron descontaminadas de radiación.
Aunque el accidente de Fukushima produjo un fuerte rechazo popular a la energía atómica y Japón apostó fuerte por las energías renovables, los expertos consideran que la industria nipona no puede funcionar con fuentes inestables que dependen del clima, y vaticinan una reanudación de las operaciones en las centrales.
Así como las explosiones atómicas de Hiroshima y Nagasaki impregnaron la cultura japonesa con su narrativa de destrucción y renacimiento, y originaron mitos modernos como el monstruo mutante Godzilla, el gran terremoto del este de Japón ha inspirado ya libros, películas y obras de manga que se suman a esa tradición. Una encuesta reciente de la agencia de noticias Kyodo reveló que el 50 % de los damnificados en la región de Tohoku quieren que Japón abandone de inmediato la energía nuclear y la reemplace con energías limpias, como la solar.
Pero para poder cumplir con sus compromisos medioambientales de reducción de emisiones, el gobierno japonés planea recurrir a la energías renovables para producir el 60 % de toda la electricidad en 2050. El 40 % restante lo suplirá con energías térmica y nuclear.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.