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La bus-cona

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Iba camino a la universidad. Esa mañana estaba de suerte: unas cuadras luego de subirme al bus, logré sentarme. Puse la maleta sobre mi regazo y asumí la clásica postura del abrazo cariñoso, por si algún amigo de lo ajeno pretendía aprovechar el bus lleno.

Después de un rato cerré los ojos y fue en ese momento que sentí en mis bíceps derechos el primer contacto. Una chica joven había rozado su pierna con mi brazo. No pude determinar si había sido intencional y por prudencia decidí no mirarla. Seguro terminaría yo siendo el acosador y ella la víctima.

La chica se acomodó. Ahora mi brazo estaba donde las piernas pierden su nombre. Su pantalón era tan apretado que mis bíceps sintieron todas las cavidades, curvas y volúmenes de los que está compuesto el órgano sexual femenino —¿pensará que no me doy cuenta?—.

A medida que el contacto se hacía más íntimo, las preguntas rondaban mi cabeza. ¿Debía armar un escándalo o la presión social de ser el macho que aprovecha este tipo de situaciones tenía que imponerse? ¿Esta chica haría esto como práctica habitual? ¿Sería yo el único en el bus en darse cuenta de la situación? Finalmente, como la gallina que soy, no hice nada. Me dediqué a la inacción mientras sentía cómo en cada curva, en cada aceleración y en cada frenada, la chica se arrimaba a mi brazo.

Todo intento de escape era inútil. El pasajero que iba al lado de la ventana era lo suficientemente acuerpado para impedir el movimiento. Tal vez me dejé sugestionar por lo crudo de las circunstancias, pero otro de mis sentidos empezó a sentir las consecuencias de la pasajera fogosa. Ya sea por el calor del apretado bus o como consecuencia natural de la fricción entre mi brazo y su órgano reproductor, en el ambiente del bus empezó a flotar el aroma a sexo femenino.

Todo se cortó tan rápido como empezó. Otro —tal vez solidario— pasajero se dio cuenta de que debía bajarse y le dijo a la señorita que se sentara en la silla ubicada detrás de la mía.

El resto del trayecto mi mente fue un repaso de la situación, como queriéndome convencer de que había pasado y no era una malinterpretación de los hechos. Cuando me dispuse a bajar del bus sólo pensaba en una cosa. Ver a los ojos a la candente pasajera. Fue cuestión de segundos. Yo la miré, ella me miró: un contacto visual en el que una mirada —no sé si pícara, no sé si cínica— me lo dijo todo.

A cualquier hombre que le pase algo similar le anuncio que tiene una buena historia por contarles a sus amigos. La mayoría se reirá. Así somos. 

*Ángel José Batista** Las crónicas en este espacio han sido escritas para El Espectador por estudiantes de la revista Directo Bogotá de la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Pontificia Universidad Javeriana. 

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