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Cuando se piensa en la historia de los inventos y los descubrimientos, lo primero que llama la atención es el contraste entre la fama de los artefactos y el anonimato de los creadores. Lo segundo, la tardanza con que aparecen en escena inventos como la escritura, la rueda, la imprenta, el brasier o la circulación de la circulación de la sangre.
Miremos primero el caso de la imprenta. A pesar de que los sellos son tan antiguos como la talla en madera (un oficio de cientos de miles de años), la imprenta solo aparece en China ayer, hacia el siglo XI. Pero el invento no pegó allí por dos razones sencillas. Los chinos no tenían alfabeto sino miles de ideogramas, ni tenían un mercado que estimulara la producción de impresos en serie, como en la Alemania del siglo XV, donde un cajista solo tenía que manejar los 26 caracteres del abecedario latino y la gente necesitaba biblias, manuales de oficios y panfletos cismáticos.
También fue tardío el descubrimiento de la circulación de la sangre, hallazgo de William Harvey a principios del siglo XVII. Es decir que, durante milenios, griegos y bárbaros, gentiles y paganos, nómadas y sedentarios, nobles y plebeyos se desangraron de manera copiosa y didáctica sin que los galenos sacaran la conclusión obvia: que la sangre circulaba. Ocupados con frecuencia en empresas tan bellas y absurdas como la búsqueda de la piedra de la locura, los médicos navegaron durante milenios en océanos de sangre sin percatarse de esa vital función.
La rueda es un invento antiquísimo (circa 5500 años antes de Cristo); y prematuro, porque es un ingenio tecnológico que se adelantó muchísimo a la ciencia correspondiente (la geometría de Euclides). Pero también es tardío si recordamos que para ese tiempo el hombre ya había inventado cosas tan complejas como la bipedestación, o el bluff de caminar semierguido en las dos patas traseras para aumentar la estatura e impresionar a los enemigos (seis millones de años); las herramientas de piedra para destripar fieras y prójimos o, en último caso, para labores domésticas (2,7 millones de años); el uso del fuego, principio y fin de todas las cosas (Kenia, 1,4 millones de años); la construcción de cortavientos (1,7 millones de años), unas murallas semicirculares para protegerse de las corrientes frías; la lanza, el invento que le alargó el brazo a un cobarde de Essex en lo que sería “la pérfida Albión” (400.000 años); las tumbas, o la primera prueba clara de la aparición de ese gran poema de la materia que es la conciencia, del primer acto de piedad mística, el germen del sentimiento religioso (Israel, 90.000 años); o el arte, esos divertimentos sofisticados que son la demostración palpable de la existencia del espíritu (50.000 años).
Pero el invento más tardío de todos es el brasier. Aparece hace apenas un siglo en Francia, siete millones de años después de la invención de los senos y 2500 años después de que se ventilaran públicamente en los vasos griegos.
La tardanza obedece a la complejidad de la cosa. Para llegar al brasier fueron necesarias la geometría griega, la revolución industrial, la sensualidad francesa y el marketing estadunidense. Fue necesario que el geómetra Apolonio de Pérgamo descifrara las curvas y las superficies cónicas hacia el 200 a.C.; que los telares de la revolución industrial entreveraran fibras de algodón y filamentos elásticos, que la lencería francesa revistiera esta urdimbre y los conos de Apolonio con encajes coquetos y que el mercadeo americano fuera capaz de popularizar el ingenio francés. Así quedó listo el estuche de esos órganos que siguen obsesionando a 3500 millones de mamíferos angurrientos.