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El Mundial, más allá de su magia, abrió una caja de Pandora y no hay cómo no verla. Escenas que nadie olvidará: la genialidad del gol de James Rodríguez, sus lágrimas y el abrazo de David Luiz; la salida de Neymar de la Copa y el surreal resultado de 7 a 1 en el partido entre Brasil y Alemania.
Sin embargo, hay algo que quisiera no recordar: un Parque de la 93 alemán, no por convicción, ni por la técnica, ni por el fútbol, sino por la revancha. Este escenario simbólico fue la expresión de un dolor colectivo que nació con el pitazo final de un árbitro. Era un partido, clasificatorio es verdad, pero en 72 horas Brasil se convirtió en el blanco nacional que debía ser eliminado. Ante esta escena, el 7 a 1 se queda pequeño y uno empieza a reflexionar sobre la paz negociada en La Habana, la misma paz que mantuvo al presidente Santos en el Gobierno.
Si solamente 72 horas fueron suficientes para que Colombia se tornara “alemana de corazón”, ¿será realmente posible lograr la paz después de 60 años de un doloroso conflicto armado sostenido por el resentimiento histórico de víctimas y victimarios? ¿Cuántas generaciones más de James Rodríguez se necesitarán? Pareciera ser que el presidente Santos, el vocero de la paz negociada, lo intuye. Basta leer su cuenta en Twitter: “Hay algo tan necesario como el pan de cada día, es la paz de cada día. La paz sin la cual el mismo pan es amargo” (Amado Nervo).
Un Brasil atónito salió cabizbajo y humillado ante la derrota y su repercusión en el mundo. Era como si sus ídolos, sus cracks de antaño, su aporte al fútbol mundial hubieran desaparecido ante la inexplicable actuación de la selección y una evidente superioridad alemana. Los increíbles cuatro goles en seis minutos derrumbaban literalmente al país del fútbol.
El Brasil que se despertó con el 7 a 1 es uno que está desafiando su sistema político, que clama por la ficha limpia de sus representantes, que pone a prueba a la presidenta Dilma Rousseff, la capacidad de autocrítica de su gobierno y la reelección, que mira con desconfianza la plataforma política de los partidos de centro que, anclados en una tercera vía desgastada, no han sabido constituir un programa de gobierno convincente más allá de las críticas al adversario y del intento de eliminarlo.
El país tuvo una derrota histórica, pero la verdadera eliminación sólo ocurriría si perdiera la creencia en sí mismo y en su visión del mundo. Un 7 a 1 es implacable y simultáneamente jocoso, no obstante el partido debe continuar porque en el sistema internacional la eliminación del adversario no ha traído signos de paz, ha abierto fisuras irreparables y ha construido nuevos y poderosos muros de Berlín.
Además, lo colorido, alegre y rítmico del Mundial 2014 no logró ocultar la desintegración de América Latina y las urgencias humanitarias del mundo. Carabelas vienen, drones atacan, se desestabilizan países. Palestina está sola, niños migrantes latinoamericanos están a la deriva en la frontera con Estados Unidos, fondos buitres son legitimados, mientras los hinchas expectantes celebran el gol.
Beatriz Miranda Cortés.*