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Fatiga de guerra

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Los soldados colombianos provienen de familias humildes, muchos son de origen campesino y la mayoría terminan combatiendo en legiones apartadas, lejos de sus tierras. Son miles los jóvenes que le han puesto el pecho a esta guerra, miles también los que han caído y muchos más los que han vivido el horror de la guerra. Siempre callan como si se tratara de una fatalidad.

Este testimonio es de un soldado activo. Tiene ese valor. Cuenta con sencillez lo que ha visto allí, en el campo de batalla, en el sur de Colombia, ese país lejano que recorren con un fusil, esquivando minas quiebrapatas y eventuales encuentros con guerrillas, narcotraficantes o bacrimes. Es un joven de esos 14 millones que hay en Colombia, atrapado en una guerra absurda donde las ideologías poco o nada cuentan, donde pocos entienden por qué se disparan los fusiles.

¿Qué sentido tiene matar otra persona que no me ha hecho nada?, se pregunta.

Uno como soldado es destructor de la naturaleza porque por allá nos sueltan en medio del bosque para abrir trocha y helipuertos. La comida de los soldados llega por helipuerto, que daña mucho bosque. La minería ilegal tiene desbaratados los ríos. Los grupos armados controlan esa minería ilegal. También el robo de combustible destruye y contamina los ríos. La válvula se hace a la orilla del río para que el goteo de combustible caiga al agua y las autoridades no se den cuenta. La gasolina, éter, acetona, cemento, toda se utiliza para procesar la coca. La guerrilla cuida los cultivos, coca, marihuana, amapola. Y se cuida a sí misma: tienen cantidades de trampas —minas— y tatucos artesanales (morteros hechizos que no tienen dirección) que cuando los lanzan afectan mucho la población, dañan casas y caminos.

La guerrilla es muy numerosa y se hace sentir. Se impone y siembra miedo con sus armas. Antes buscaban poder, ya no pueden. Hay partes donde la gente es afecta al ejército. En otras son más afectos a la guerrilla porque siempre han estado allí, de familia en familia. Allá casi no va el ejército porque se sabe con certeza que hay mucha guerrilla y lo pueden matar a uno. Hoy en día un buen comandante es el que no arriesga a sus soldados. Todo al final es un fracaso operacional porque mi vida —la vida— no tiene precio.

¿Usted espera la paz? La verdad, yo siempre la he esperado. Hemos sufrido mucho. Yo que tengo mi hijo no quisiera para él un desplazamiento o un reclutamiento forzoso. La gente del campo quiere la paz, quiere otro estilo de vida. Quieren sus tierras y poderlas trabajar.

Si algo quedó claro en estas elecciones que le dieron el triunfo a Juan Manuel Santos es que Colombia tiene fatiga de guerra. Gente disímil, de militancias e ideas distintas, se unió para votar por la paz. Santos tuvo sintonía con esa fatiga de guerra que otros no creyeron tan profunda. Un sentimiento que clama por nuevas ilusiones, que quiere soñar en un país distinto. Y que se expresó de alguna manera en el apoyo a la Selección Colombia. Una muestra: su apoteósico recibimiento. Nunca se había visto una movilización tan espontánea y masiva como la que se expresó en la fiesta de bienvenida de los muchachos de la Selección. Un sueño que movió un país que pide a gritos doblar la página. La de la guerra, la de los odios y del resentimiento. Un país que quiere tener alegría

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