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…enfermo de H1N1

Camilo Montaño fue el primer colombiano diagnosticado con el virus de la gripe que conmocionó al mundo. Aunque su salud no se vio afectada, fue discriminado por su condición.

26 de diciembre de 2009 – 04:00 p. m.

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“El pasado 2 de mayo, mientras saltaba de un canal a otro buscando noticias sobre el virus H1N1, del que nunca oí hablar mientras estuve en México y que por esos días tenía con los nervios de punta al mundo entero, recibí una llamada que cambió mi vida. Era el director del Hospital de Zipaquirá para informarme que las pruebas habían salido positivas, que era el primer caso de la gripe en Colombia.

Inmediatamente le conté a mi esposa Olga Lucía y a mi hija menor Laura Daniela. Mientras les hablaba comencé a recordar, como si fuera una película, que cuando llegué de México tenía un poco de tos y algo de fiebre. Pero en ese momento no pensé que fuera nada grave, pues generalmente me afecta mucho el aire acondicionado del avión y los hoteles.

Desde el mediodía de ese domingo no dejó de sonar el teléfono ni el timbre de la casa. Para evitar inconvenientes, decidimos con mi esposa quedarnos acuartelados en nuestro hogar, consultando por internet todas las noticias sobre el H1N1 e investigando qué tan contagioso era y cómo podía tratarse. Me asustaba pensar que pude haber contagiado a mi esposa o a mi pequeña niña.

A cada rato escuchaba por radio y televisión que se trataba de un virus que podía ser mortal y que se estaba expandiendo por todo el planeta. La verdad es que en ese momento no me preocupaba morirme, sino haber contagiado a alguien de Zipaquirá, pues pensaba que la culpa y el escarnio público no me dejarían vivir tranquilo.

En cuestión de horas el ambiente se hizo más tenso. Mi hija Laura Daniela, de 14 años, comenzó a toser y a presentar fiebre. Los médicos que iban a revisarme todos los días, para seguir de cerca mi evolución, nos aseguraron que ella también se había infectado y que debían tomarle unas muestras para enviarlas a un laboratorio en Estados Unidos. Pero que como medida de prevención debían comenzar a suministrarle tamiflú.

Para ese entonces, la gente del municipio se había enterado de mi condición y ya casi nadie iba al negocio de fotografía que tengo desde hace varios años. Los seis empleados que trabajan en el local comenzaron a preocuparse. Todo el mundo estaba cancelando nuestros servicios en matrimonios, fiestas de quince y bautizos. Paradójicamente, lo que más les aterraba era la idea de perder sus empleos y no la posibilidad de haber contraído el virus.

Desesperados, escribieron un cartel que colgaron en la entrada del local en el que le contaban a la clientela que yo era el primer infectado por H1N1 en Colombia, pero que ellas habían sido examinadas por la Secretaría de Salud y no representaban ningún riesgo para la comunidad. El ambiente que se respiraba en Zipaquirá y los alrededores de mi casa y el negocio era tan tenso, que decidí permanecer enclaustrado en mi casa, huyendo de los medios de comunicación y de los curiosos que querían averiguar detalles de mi condición. Algunos familiares, incluso, me aconsejaron que saliera del país.

Mi esposa Olga Lucía trataba de mantener la calma, a pesar de que mi hija se negaba a volver al colegio y éramos la comidilla de Zipaquirá. Afortunadamente, durante todo este tiempo permanecimos unidos y con el paso de los días la situación fue mejorando. Los exámenes que le practicaron a mi niña en Estados Unidos dieron negativo y ya nos sentíamos con ánimo de salir a la calle. Sin embargo, nunca olvidaremos el primer domingo que fuimos a un restaurante, después del acuartelamiento en el que estábamos.

Todos los empleados, quienes sabían perfectamente que había tenido el H1N1, nos miraban como bichos raros, murmuraban y nos señalaban. Mi esposa no aguantó más y se paró para explicar en voz alta que ya no había nada que temer, que yo estaba curado. Fue una época muy dura, pero así como hubo mucha gente que nos discriminó probablemente por desconocimiento, también hubo voces de aliento que, a través de estos meses, nos han brindado su solidaridad y apoyo.

La administración del municipio, clientes y amigos haciendo de esa crisis una oportunidad para trabajar y aunque todavía soy conocido como “el del virus”, ahora de forma jocosa, siempre me acompañará el recuerdo de lo sucedido. Ahora sé que uno no tiene nada asegurado en esta vida, que de la noche a la mañana todo puede desaparecer y que lo más importante en una crisis de este tipo es la unión y el apoyo familiar”.

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