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Anda el país lleno de banderas. Los balcones, los bares, los autos y hasta la ropa interior se visten de amarillo, azul y rojo. Toda esta oleada patriótica se la debemos en un 90% a don Néstor y sus muchachos, claro, pero también debe haber muchas personas que sacan la bandera y celebran el gran performance de nuestra selección porque encuentran allí el único punto de convergencia nacional. Y esto, si me perdonan, no es sano.
Qué bueno sería que hubiera siquiera un ministro que mereciera ovaciones semejantes a las que hoy recibe James Rodríguez. Qué bueno sería que la gente pusiera en la elección de sus candidatos la mitad del análisis y el fervor que emplea en analizar la estrategia a seguir en el partido contra Brasil.
Si las cosas fueran así, tendríamos no solamente resultados felices en fútbol, sino también en salud, educación, infraestructura y tasas de empleo, y entonces celebraríamos los goles de James sin necesidad de sacarle los ojos al prójimo.
Porque los disturbios no son producto de las malsanas influencias de Marte y Júpiter. No. Son la consecuencia natural de las resacas de las fiestas de las victorias, en una nación que tiene mil razones para protestar y lo hace borracha o sobria, en la ciudad y en los campos, con bacrimes, guerrillas, contratistas o delincuencia común.
Con todo, hay buenos augurios. Parece que los triunfos en Italia y Brasil están cambiando los “electros” de la nación. Mejoran esos valiosos intangibles que son las “percepciones” ciudadanas. Las cortes parecen reaccionar con un tris de vergüenza. El fin de la temporada de elecciones ha calmado los ánimos de las facciones en pugna. El peso de la gran minga plural que decidió la reelección del presidente debe inclinar el norte del próximo equipo de gobierno hacia lo social (parece que sale Lizarralde de Agricultura y otros señores contraindicados para el escenario del posconflicto). Es probable que de La Habana salga no sólo un documento de concordia, sino una hoja de ruta sensata para las políticas nacionales en el largo y mediano plazo. Sólo falta que un señor de altísimo rating, Álvaro Uribe, deje de atizar la hoguera y emplee su talento y su conocimiento del país en un ejercicio de oposición constructivo.
Me atrevo a vaticinar que ayer Colombia ha hecho otra magnífica presentación. Que habrá seguido siendo ese combinado alegre y armónico, efectivo adelante, preciso en la transición y seguro atrás. Que miles de brasileños habrán tenido que amarrarse las manos para no aplaudir al nuevo representante del jogo bonito, algo que echamos de menos ahora que España defeccionó, Argentina y Brasil vacilan y Holanda, Alemania y Francia exhiben más resultados que fútbol.
Sea cual haya sido el resultado del partido, Colombia quedará como uno de los principales animadores del Mundial que un cronista podría bautizar como “el verano de los gigantes”, en alusión a las vacilaciones anotadas arriba y a la temprana eliminación de Italia, Inglaterra y España. O como “la primavera de las chicas”, para reseñar la revolución que han marcado con sus actuaciones las selecciones de Nigeria, Argelia, Chile, Suiza, México y Estados Unidos, que llegaron a “octavos” y vendieron carísimas sus derrotas. Y sobre todo en alusión a estos “octavos”, donde hay tres niñas entrometidas en la fiesta de los grandes: Costa Rica, Colombia y Bélgica, y la joven Francia, una de las más discretas excampeonas del mundo.
Escribo el viernes en la mañana, con el corazón en la mano y con la jarta sensación de presentir que todo lo que se diga hoy antes de las cinco de la tarde será mañana un amarillento “periódico de ayer”.