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Bandazos y reingeniería del carrusel azul

La entrada y salida de directivos, técnicos y jugadores, con grandes indemnizaciones de por medio, la constante del equipo bogotano.

02 de septiembre de 2014 – 11:07 p. m.
El español Juan Manuel Lillo, en el clásico del pasado domingo. / Cristian Garavito
El español Juan Manuel Lillo, en el clásico del pasado domingo. / Cristian Garavito

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A ningún hincha de Millonarios le debe quedar duda: los únicos responsables de la crisis que hoy vive el equipo y que ayer condujo a la salida del técnico español Juan Manuel Lillo, son los directivos. Sin explicación razonable alguna, hace ocho meses decidieron echar al técnico Hernán Torres y sus asistentes, pese a sus excelentes resultados, y embarcaron a la institución en un incomprensible proceso español que terminó más rápido de lo pensado en medio del descrédito institucional del equipo.

Aunque el exdirector deportivo español José Portolés entró a “trabajar” con Millonarios a mediados de 2013, súbitamente en diciembre hubo revolcón en el equipo. Después de ganar la estrella 14 en el segundo semestre de 2012, de llegar a la semifinal de la Copa Sudamericana en el mismo período y de clasificar a las finales en los dos torneos de 2013, los directivos decidieron sacar a Hernán Torres, su asistente Darío Sierra y demás integrantes de su exitoso cuerpo técnico.

Entonces apareció en escena Juan Manuel Lillo, presentado ante la afición como un profesional formado en la misma escuela de Pep Guardiola. No obstante, la prensa deportiva pronto documentó que, a pesar de este ascendente personal, su trayectoria como técnico, tanto en México como en España, no era la mejor. Aún así, Lillo arrancó labores a principio de 2014, mientras que su colega José Portolés supuestamente le daba identidad a la cacareada reingeniería que prometieron los directivos.

El primer torneo de 2014 no dejó malos resultados en la liga profesional. El equipo estuvo a punto de jugar la final, pero perdió la opción por definición de penaltis con el Júnior de Barranquilla. Sin embargo, en el tema de contrataciones, fue evidente el equivocado manejo. Aunque se acertó con Fabián Vargas, la vinculación del brasileño Wesley Lopes y del camerunés Modeste M’bami, contratados por seis meses a un elevado costo, encendió las alarmas. El primero no pasó de suplente. Al segundo no le fue mal, pero su precio fue excesivo.

Como si fuera poco, el primer semestre de 2014 coincidió con una compleja transición en la parte directiva. A raíz del escándalo de Interbolsa salió a flote que algunos de sus promotores estaban entre los nuevos dueños del equipo. En particular, el principal responsable del Fondo Premium, Juan Carlos Ortiz. Estos problemas personales forzaron al equipo a permitir la intervención del Estado. Desde febrero, en la junta directiva aparece el agente interventor de la Supersociedades, Alejandro Rebollo.

A estos altibajos económicos y judiciales se sumaron las peleas de los directivos. En diciembre de 2013, por la misma puerta de atrás por la que salió Hernán Torres, desfilaron también el entonces presidente Felipe Gaitán y el gerente Eduardo Silva, gestores del proceso de la estrella 14. De inmediato afloraron los enfrentamientos entre el grupo del inversionista Gustavo Serpa y la gente de Juan Carlos Ortiz. Después se sumaron intereses de otros socios. En febrero se constituyó una junta directiva de transición con serios problemas de liquidez.

Ese cambio de tuerca repercutió en el plano deportivo. A la partida de Wesley Lopes y Modeste M’bami se sumó también la del goleador Dayro Moreno. En los primeros casos por bajo rendimiento, en el de Dayro, por dinero. Cuando empezó el segundo torneo de 2014, el barco hacía agua por todas partes. El proyecto de José Portolés terminó en cuento y tuvieron que despedirlo a un elevado costo. El dinero que se requería para contratar jugadores terminó en indemnización.

Así las cosas, sin refuerzos de peso y con tres torneos en la mira, el técnico español Juan Manuel Lillo arrancó el segundo semestre. Las tres primeras fechas transcurrieron con normalidad. Le ganaron a Envigado y Equidad y empataron con Chicó. A partir de entonces se precipitó la debacle. El equipo fue eliminado en la Copa Colombia, en la Liga cayó 5-0 frente a Nacional y lo sacó de la Copa Sudamericana el desconocido César Vallejo del Perú. En un mes se derrumbó el castillo de naipes.

El detonante se dio este fin de semana con la derrota 1-0 frente a Santa Fe. A partir de ese momento, la salida de Lillo estaba cantada. Sus irónicos comentarios en las ruedas de prensa, sus desaciertos técnicos y los malos resultados de los últimos días catapultaron su suerte. Ayer, como Hernán Torres en su momento, o como José Portolés en el suyo, se anunció su salida, por supuesto, indemnizado. Es decir, el dinero que no hubo para contrataciones, alcanza para seguir cubriendo los crasos errores directivos.

Lo que queda es la resignaciones de los hinchas. Nueve puntos en la séptima fecha y 33 por disputar. Debe hacer 16 para llegar a los 27, que le darían la clasificación a las finales. Con un agravante: nómina limitada y sin técnico. Como siempre sucede en Millonarios, ya empieza a hablarse de grandes estrategas o de técnicos desempleados pero con buenos asesores de comunicación. Por lo pronto estará Neys Nieto, eterno adiestrador de divisiones inferiores o asistente de turno de todo el que llega a conocer el fútbol colombiano.

Con un panorama aún más desalentador: en diciembre terminan los contratos de Román Torres, Fabián Vargas y Máyer Candelo, hoy los baluartes del club. Su continuidad y la de los refuerzos que puedan llegar depende del dinero que los directivos aspiran a conseguir con una capitalización en veremos. Por lo pronto habrá que esperar si el equipo de Andy Polo, Johnatan Agudelo, Álex Díaz, Javier Reina, Ánderson Plata y Yúber Asprilla, es capaz de llegar a las finales, antes de que a algún genio directivo se le ocurra otra reingeniería o devolver los títulos ganados.

 

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