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En busca del fútbol perdido

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Marcel Proust y su álter ego Marcel, protagonista de los siete volúmenes que componen En busca del tiempo perdido, eran enfermizos y negados para el deporte.

En un Mundial de Fútbol hasta ahora feliz, especialmente por y para los colombianos, quienes estuvimos en el estadio Mané Garrincha de Brasilia para el juego Francia-Nigeria entramos en una profunda melancolía, como la que transmite el clásico de la literatura francesa y universal.

La victoria francesa 2-0 fue triste. Sus jugadores parecen endebles, a excepción de Valbuena, el pequeño de gran talento y corazón. Benzema no quiere correr, no busca espacios, no se parece al del Real Madrid ganándose la titular, exiliando a Higuaín y compartiendo goles con Cristiano Ronaldo. ¿Se le esfumó la convicción de los primeros partidos de Brasil 2014? Al menos se le refundió porque estaba demasiado relajado y no supo definir en las cuatro oportunidades que tuvo. Los demás son casi intranscendentes, deslucidos, aburridos, erráticos. Cuánto les pesa la falta de un luchador como Ribéry.

La melancolía de Proust es acumulativa y hermosa, la de la selección es desesperante y desabrida como el técnico Didier Deschamps de hoy, sin variantes. ¿Qué pasó con el legado del fútbol que él como capitán del equipo campeón mundial de Francia-98 y de la Eurocopa 2000 practicó bajo la magia de Zidane? La creación de hoy pasa exclusivamente por Valbuena y produce una explosión de velocidad casi siempre fallida. Es un equipo predecible, sin pausa. Sin alma.

Alguien que paga un viaje y una entrada a un juego de Mundial tiene en la retina referencias como Michel Platini, Alain Giresse, por nombrar dos de los más talentosos exponentes franceses, y le bastan cinco minutos para hacerse hincha de los inocentes nigerianos, otro fútbol estancado en fuerza y velocidad improductiva. Con razón Francia llegó a esta copa luego de vencer a Ucrania en el repechaje.

Parece que la presencia en el fútbol francés de jugadores de máximo nivel global, como el sueco Ibrahimovic, a quien se añora aquí con la camiseta puesta, no contagia ni una pizca a los seleccionados de ese país. No olvidemos que el Montpellier llevó al Pibe Valderrama y ganó la Copa de Francia. Ver el campeonato francés es tan deprimente como este partido. No está a la altura de ligas como la de Inglaterra, España, Alemania, Italia, incluso Holanda. Da pena ajena ver al Mónaco de James y Falcao —¡qué desperdicio!— ante equipos que parecen de segunda y ver cómo un jugador de cuarta lesionó al goleador colombiano. Se salva el París Saint-Germain.

Lo emocionante de ver Francia-Nigeria fue oír la Marsellesa y recibir felicitaciones de hinchas de todo el mundo por el “bello juego” de Colombia. El fútbol bien jugado es un arte, una propuesta estética, y en ese sentido necesita de cualidades como las que un lector disfruta al leer a Proust, sin importar si su vida se identifica con el camino de Swann o con el de Guermantes: la estrategia narrativa precisa para cada momento, para mantener un ritmo a lo largo de 3.000 páginas y generar goce. La Francia de Brasilia se sufre, no se soporta ni 45 minutos antes de entrar en somnolencia. Por eso la gente aplaudió que haya ganado en los 90 minutos reglamentarios. Nadie aguantaba un alargue. Mucho tendrá que cambiar en actitud individual y de equipo para enfrentar y superar a Alemania, el favorito del campeonato porque sí tiene variantes basadas en la combinación de talentos y tiempos, como lo demostró ante la aguerrida Argelia para decir, como siempre lo hace en finales, aquí estamos. Los franceses no creo que sean los gallos.

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