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La tumba de Nicolás Triana Figueredo es la más visitada de Saladoblanco, municipio al sur del Huila donde este niño de 11 años fue secuestrado y posteriormente asesinado por sus captores. Coronas con flores blancas, cartas de año nuevo y hasta muñecos de peluche son llevados diariamente a la modesta bóveda ubicada en la parte alta del cementerio, donde decenas de personas guardan la tradición de visitar a sus deudos para que éstos no se sientan solos. Sobre todo el pequeño Nicolás.
Margarita Figueredo, la madre del menor, no ha dejado de visitar la tumba de su hijo desde cuando lo sepultaron el 11 de diciembre, un día después de que el Ejército lo encontrara abandonado en el área rural del pueblo. Se trata de un ritual que la gente del pueblo ya se está acostumbrando a ver. Mucho antes de que salga el sol, la mujer, vestida de luto, con su cabeza cubierta con un manto blanco, comienza a recorrer solemnemente las calles, desde su casa hasta llegar al cementerio. Sus vecinos abren puertas y ventanas para verla cruzar pensando cuál puede ser el castigo para los despiadados asesinos.
Margarita los mira de reojo y siente su solidaridad, así apenas la saluden con la mirada. Otros, que se esconden tras las rendijas, quisieran detenerla en el camino y contarle lo que se esconde detrás del crimen pero nadie se atreve a decir. Pero el miedo de hablar los espanta y, a la vez, provoca que aumenten las especulaciones y los interrogantes de quienes no saben el trasfondo del horrendo secuestro. Apenas saben lo que se conoció desde el día que sacudió a Saladoblanco
Nicolás Triana fue secuestrado el 7 de septiembre de 2008 y el Ejército encontró su cuerpo sin vida en un pedazo de selva el 10 de diciembre pasado. El niño fue raptado de las manos de su abuelo, Laurentino Figueredo, por dos hombres que se movilizaban en una moto que luego emprendieron la huida. Desde ese momento desapareció y su nombre empezó a sonar en las estaciones de radio y la foto se hizo particular en las cantinas, los postes de energía y en los semáforos, donde llegaba su familia en busca de pistas sobre su paradero.
Fueron más de tres meses de incertidumbre, hasta que el Ejército ubicó el cadáver del niño. Se dijo que los dos hombres que los cuidaban abrieron fuego contra los uniformados y que uno de los secuestradores decidió dispararle cinco tiros a Nicolás. Otro de los plagiarios fue abatido, mientras que el tercero, identificado como Jaider Díaz, huyó y fue capturado dos días después, cuando se refugiaba en una finca del municipio de La Argentina, zona de influencia de las Farc. Díaz, quien negó los cargos, aseveró que el infante murió durante el cruce de disparos entre el Ejército y los delincuentes.
Casi todo el mundo en el pueblo sostiene que el secuestro y el asesinato de Nicolás tuvo razones y móviles económicos. Una tesis que parte sobre la base de que el padre del pequeño es un hombre adinerado y con un gran poder en el municipio. Sin embargo Ermen, el papá, partió hace ocho años a España, donde coordina actualmente negocios personales. Ante la inseguridad en el pueblo, pidió que el niño fuera llevado a Bogotá, donde supuestamente le había comprado una casa.
Sin embargo, pesó más la pasión del niño por los equinos, por lo cual su madre decidió quedarse en el pueblo. Al decir de los vecinos, ése fue precisamente el espacio que aprovecharon los secuestradores para llevarse al niño. “Los captores después no pedían dinero ($3.000 millones), sino la presencia del papá. De lo contrario, se rumora hoy en Saladoblanco, acababan con la vida del hijo”, aseguró Ana Elsy, la mejor amiga de la madre de Nicolás.
Pero a pesar de las advertencias y las negociaciones que se estaban gestionando desde España, el niño fue asesinado y todo Saladoblanco sigue conmocionado con este espantoso crimen, el mismo delito del secuestro que cobró el año pasado 62 víctimas menores de edad plagiadas. Dos de ellas, oriundas del departamento del Huila, aún permanecen en cautiverio.
Las especulaciones continúan y el pueblo sigue mudo y acompañando masivamente la tumba de Nicolás. Una especie de culto al silencio forzado, tendiendo las manos ante la bóveda para espíar las culpas colectivas que pesan en el muncipio por que nadie se atreve a decir la verdad. Por eso la tumba de Nicolás es la más visitada. De alguna manera todos saben que los secuestradores rondan a quienes hoy lloran al pequeño infante.