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En el barrio Belén Buenavista de Medellín, Edwin Cardona vivía hacinado con sus tres hermanos menores y sus padres en una habitación precaria. Él dormía en un colchón en el piso, con una camiseta de fútbol que nunca se quitaba. Este volante del Atlético Nacional, antes de ser uno de los jugadores más prometedores, fue un imán de desventuras durante su infancia y el fútbol su única arma para doblegar tanta suerte adversa. Su papá Andrés Giovanni trabajó como albañil, lavando carros, barriendo calles, conduciendo un taxi y oficiando como almacenista de una empresa de ingenieros. Trabajaba por contratos de seis meses y era el único brazo económico del hogar. Edwin sólo jugaba fútbol en una cancha ubicada a cuadra y media de su casa. A veces no comía, pero siempre entrenaba con Belén Buenavista, el equipo del barrio.
Sus padres se iban en la bicicleta de la casa para ver los partidos de él durante los torneos del Ponyfútbol. Pero su equipo nunca ganó un juego en ese certamen infantil, a pesar de los goles de Edwin. Tiempo después reforzó al equipo Campoamor, y en un Pony con esa escuela los veedores de Atlético Nacional lo ficharon para las divisiones menores. Tenía 13 años.
Trataba de no faltar a ningún entrenamiento. En efecto, eso lo hacía feliz. Se iba en bicicleta, a pie, le decía a un tío que le diera plata para el pasaje y le pedía prestado a un compañero para devolverse. Siempre fue optimista, aunque los menesteres no dieran tregua.
Atlético Nacional se hizo cargo del arrendamiento de su nueva casa en el barrio Antioquia y lo subsidiaba con un dinero para gastos personales, que luego se convertían en gastos del hogar. A medida que ascendía en las divisiones menores, mejoraba la calidad de vida de la familia. Una paradójica motivación. “Yo les decía a mis compañeros que soñaba con jugar en el estadio y luego lo pude cumplir”, recuerda. Debutó como profesional en la segunda fecha del Apertura 2009, cuando el Nacional de Luis Fernando Suárez perdió 2-0 contra América. Seis meses después marcó su primer gol, también contra América.
Ya no tuvo que compartir más tenis ni guayos con sus hermanos, tampoco que dividir un plato de comida. La suerte empezó a cambiar. Les dio una mejor vida a ellos gracias a su sueldo. Luego hizo parte de las selecciones de Colombia Sub-17 y Sub-20.
Con Santa Fe, en 2012, ganó su primer título profesional, y fue justamente en ese semestre cuando recuperó la confianza y el estatus de estrella. De ahí pasó al Júnior, en donde nuevamente se destacó, y Nacional, el dueño de su pase, lo pidió de nuevo. Osorio necesitaba un 10 y Cardona fue su elegido. El gordo le respondió con buenas actuaciones y goles, tanto que en solo un semestre el antioqueño de 22 años se echó al bolsillo a una hinchada que nunca lo olvidará porque fue fundamental en la obtención de la 14.