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Los cuatro años de gobierno de Donald Trump en Estados Unidos fueron un reto para los medios de comunicación, que hoy buscan resolver los frentes que dejó abiertos el polémico mandatario: equilibrio, redes sociales y sensatez.
El profesor Bart Cammaerts, del London School of Economics and Political Sciences (LSE), ha estudiado este tema. Es expresidente de la Sección de Comunicación y Democracia de la Asociación Europea de Comunicación e Investigación (Ecrea) y exvicepresidente de la Sección de Comunicación, Tecnología y Políticas de la Asociación Internacional para la Investigación de Medios y Comunicación (Iamcr). En entrevista con El Espectador explica lo que, a su juicio, viene este año para los medios y su relación con la política.
La desinformación es cada vez más popular en las noticias y las redes sociales. ¿Qué podemos esperar sobre este tema?
Debemos definir lo que entendemos como desinformación. Las mentiras y la propaganda siempre han estado presentes, si nos devolvemos a los griegos y sus filósofos, como Sócrates o Platón, nos damos cuenta de que esto no es nuevo en la política. Construimos este mundo basados en verdades y mentiras, conceptos que también son muy cuestionables.
En el pasado teníamos una clase política, diferenciando su contexto geográfico, que en general jugaba con unas reglas establecidas; lo que vemos en años recientes es una élite política dominante que está queriendo jugar contra las reglas liberales. Quieren usar esta desinformación más abierta y estratégicamente, basados en teorías conspirativas. El populismo es una construcción basada en el vínculo entre la gente y la clase política, que también puede ser intelectual o de cualquier ámbito. Es la conjunción de estos factores: internet y su contexto mediático, la forma como los políticos quieren usar la información como arma, y un débil grupo mediático que se ha convertido en enemigo de la gente. En muchos países la confianza hacia la prensa es realmente baja. En general, la confianza a las instituciones es baja.
En 2021 la pregunta que deberíamos hacernos es, ¿qué va a ocurrir en los procesos electorales de países como Brasil o Hungría, debido al resultado de Estados Unidos? Y pensar cómo se van a comportar los periodistas para defender los valores democráticos. Hay que encontrar nuevas formas para cubrir temas políticos que no entren en el juego de los populistas. Por ejemplo, Twitter censurando a Trump es una aproximación totalmente diferente. Debemos pensar en nuevas formas de lidiar con las políticas antidemocráticas.
¿Qué nuevas formas podemos encontrar para luchar contra estas políticas?
Obviamente es difícil, porque muchos de estos políticos son muy populares. Como periodista hay que preguntarse hasta qué punto se está cayendo en su juego. Esto, muchas veces, es lo que suelo llamar “políticas de provocación”, en el que las redes sociales son muy usadas porque los deja acceder a la esfera pública y generar una reacción digital no solo de sus simpatizantes, sino también de sus críticos. Lo que hacemos es retuitear sus posts y ser críticos, pero en realidad estás alimentando el algoritmo y volviéndolo tendencia.
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La reacción frente al marco populista ayuda a circular las noticias populistas. Ellos buscan que la gente reaccione porque todo el debate siempre se reduce a ellos. A veces pienso que deberíamos jugar menos ese juego y reflexionar sobre las razones que atraen a las personas a sus mensajes; porque estos personajes siempre han existido, pero hoy se pueden viralizar, por lo que tenemos que reflexionar sobre el contexto en el que vivimos y lo que hace que un determinado electorado ceda frente a estas ideas extremistas.
También creo que deberíamos reflexionar sobre lo que Antonio Gramsci nombra como “interregnum”, es decir, el estado en el que estamos, en donde lo viejo está muriendo pero lo nuevo todavía no ha nacido. Lo viejo se refiere al neoliberalismo y el orden hegemónico, que se está derrumbando con la pandemia y otros factores sociales y políticos. La pregunta general es, ¿qué va a venir luego?
¿Qué tanto nos debe preocupar la libertad de prensa y de expresión luego de la confrontación entre Twitter y Donald Trump?
Ambos son conceptos diferentes. El debate sobre Twitter y Facebook es largo. Durante largo tiempo ellos se han puesto como si fueran una operadora móvil, es decir, claramente una empresa así no es culpable por lo que sus clientes digan en sus líneas. Pero Twitter y Facebook se han convertido en medios porque han comenzado a tener control editorial sobre sus contenidos. Como Trump es un actor político tan fuerte el tema adquirió importancia, pero estas empresas han estado suspendiendo cuentas durante mucho tiempo por lo que ellos llaman sus términos y condiciones.
Luego está la libertad de expresión, que es algo necesario en la democracia. Sin embargo, es un concepto que nunca va a ser absoluto. Incluso en Estados Unidos, que tiene una visión más amplia que Europa, por razones históricas. Por ejemplo, en ciertos países si niegas el holocausto vas a prisión, si eres un promotor de discursos de odio permanentemente serás llevado a juicio, así sea online u offline. Creo que debemos hacer un debate más amplio y democrático sobre lo que consideramos libertad de expresión.
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Estoy de acuerdo con la suspensión a Trump, y creo que se debió hacer hace un tiempo, porque la libertad de expresión no incluye incitar a la violencia. Con sus decisiones, lo que las compañías están diciendo ahora es que no van a ser parte de la violencia. Pero hay una cuestión política, y es qué tanto dejamos a una compañía privada en Silicon Valley decidir qué es legítimo y qué no. Hay maneras de hacer esto en formas legales, democráticas. Pueden ser paneles en plataformas en las que haya discusiones sobre el tema dependiendo de la región geográfica, porque en cada una hay normas diferentes.
No necesariamente tenemos que tenerle miedo a lo que ocurra con la libertad de expresión en estas plataformas. Para mí los valores y los puntos de vista deben ser balanceados y el orden de la libertad de expresión debe ser equilibrado para defender el derecho de no ser discriminado, el de la dignidad, y es un debate complicado, porque ha sido usado como arma de los ultraderechistas.
¿Qué tanto valor tienen los jóvenes en la construcción de democracia digital?
A lo largo de los años, por diferentes razones, se ha pensado que los jóvenes han sido apáticos y no se han interesado en política. Mi investigación, que se centra en los países de la Unión Europea, concluyó que no necesariamente es así. Los jóvenes están interesados y preocupados, pero son muy críticos sobre la oferta política y sus élites. Creen que no representan sus intereses. Hay mucho potencial de los jóvenes en el activismo político, pero de pronto no necesariamente en los partidos políticos.
Podemos ver cambios de actitudes en la forma en la que comienzan a prestarles atención al medioambiente, a los modelos económicos, lo críticos que son frente al capitalismo y sus impactos ambientales. Parte de esto se está volviendo políticamente visible y las élites están comenzando a tenerlos en cuenta. Los datos dicen que las otras generaciones están políticamente sobrerrepresentadas, mientras que los jóvenes no, por lo que es estratégico incluir sus intereses en las agendas.