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Muy agitada la semana que pasó.
En los medios, analistas, politólogos y comentaristas hicieron la biopsia de los resultados electorales y aventuraron cálculos sobre a dónde irían a parar los votos de Clara López, Marta Lucía Ramírez y Enrique Peñalosa, mientras Juan Manuel Santos y Óscar Iván Zuluaga, ninguno de los cuales tiene el triunfo asegurado, movían sus fichas y hacían llamadas y reuniones en busca de sellar alianzas con los ahora cotizados derrotados.
Sin embargo, el 60% de abstención, la cantera de donde podrían salir los votos para definir el triunfo de uno u otro candidato, salvo contadas excepciones (por ejemplo, el editorial del martes 27 de este diario) no mereció mucho espacio y tiempo en los análisis. Curioso, pues ha sido la más alta desde 1998 y porque esta es la primera vez que una elección presidencial registra menos participación que la de Congreso. Según el historial de los seis últimos comicios presidenciales, la participación ha ido a la baja y paralelo al crecimiento de la abstención ha subido también el voto en blanco: en 1998, la abstención fue 49% y el voto en blanco 1%; en 2002, abstención 54% y voto en blanco 1,9%; en 2006, abstención 55% y voto en blanco 1,9%; en 2010, abstención 51% y voto en blanco 1,5%, y ahora, abstención 60% —casi 10 puntos de diferencia comparada con la de 2010—, y voto en blanco 6,0%.
Dos fenómenos que merecerían una profunda reflexión no sólo de los candidatos que hoy se disputan la Presidencia, sino también de quienes no llegaron, de los partidos y de todos y cada uno de los que se dedican a la política. El voto en blanco es resultado de la reflexión del ciudadano sobre la clase política, un voto pensado de rechazo a la oferta electoral, que en las elecciones de Congreso afecta a los partidos minoritarios y en las presidenciales favorece al candidato con el mayor número de votos ‘duros’ —el caso de Zuluaga—.
La abstención, por su parte, es señal de desencanto, apatía, impotencia, hastío y desconfianza en la política y los políticos; síntoma del descreimiento en el poder del voto, de la ausencia de propuestas creíbles, y también consecuencia de la falta de incentivos, de los incentivos irregulares de nuestro sistema clintelista de compraventa de votos. Como el voto de tantos depende de los dueños de las maquinarias, es evidente que parte de la abstención en la primera vuelta se debió a que no las movilizaron. Para qué si ya tenían aseguradas sus curules y con qué si tenían los bolsillos vacíos.
Muchos factores explican la abstención, pero el de fondo, el más relevante —lo señaló el editorial de este diario—, es la poca legitimidad del sistema democrático representativo basado en elecciones. Hay una crisis de representación que obedece al descrédito de los partidos y del sistema, y sobre todo a la falta de conexión de los que hacen la política y las políticas con las necesidades sentidas de la gente, con sus anhelos y frustraciones. Para la mayoría de los colombianos el hecho de que uno u otro candidato llegue a la Presidencia no cambia nada, son iguales, ninguno los favorece, ninguno los va a tener realmente en cuenta. Pero es en esa cantera de donde Santos y Zuluaga tienen que extraer votos. Es su verdadero reto. La pregunta es si lograrán hacerlo.
Para pensar: Nada conviene más a la ultraderecha que el convencimiento casi autocomplaciente de los abstencionistas y ‘votoblanquistas’, de que no hay alternativas, de que cualquiera de los candidatos da lo mismo.