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Los lectores, en ocasiones, tomamos en serio algunas cosas en las que los propios autores no creen y, a veces, las seguimos creyendo después de que ellos mismos las han repudiado.
Este es el caso de la masacre de las bananeras en Cien años de soledad. De acuerdo con un conocido escrito de Eduardo Posada Carbó, García Márquez le contó a la televisión británica que “la cifra debió ser bastante reducida”, que con “3 o 7 muertos, o 17 muertos no alcanzaba a llenar ni un vagón”. Dijo que por eso atiborró un tren con 3.000 cadáveres. De allí en adelante, la ficción se volvió realidad. Muchas personas, algunos historiadores entre ellas, tomaron ese dato como una verdad incuestionable.
Algunos poetas como Auden, o Arturo en nuestro medio, menospreciaron algunas de las obras tempranas, las mismas que hoy sobreviven únicamente porque sus lectores y editores se aferraron a ellas. Y dos casos aún más extremos fueron los de Virgilio o Kafka, quienes ordenaron, sin éxito, que a su muerte se destruyeran algunos de sus escritos más conocidos.
Hace pocos días un autor famoso renegó de su obra más conocida, escrita en un género que subsiste en Colombia: la economía política en quejumbroso tono lírico, un libro que vendió cientos de miles de copias, muchos de cuyos lectores, indignados, tomaron al pie de la letra sus denuncias y lamentaciones. Se trata de Eduardo Galeano, autor de Las venas abiertas de América Latina, la obra que Chávez le entregó a Obama como testamento de los abusos del imperialismo. Galeano acaba de afirmar que su libro está mal escrito y que “no sería capaz de leer esta obra de nuevo. Caería desmayado”.
Es natural que, al cabo de cuatro décadas durante las cuales han ocurrido tantas cosas en América Latina, el autor y sus lectores ya no piensen lo mismo. Esto es, precisamente, lo que dice Galeano: “La realidad ha cambiado mucho, yo he cambiado mucho”. Y añade: “Para mí, esta prosa de la izquierda tradicional es demasiado sesgada, y mi organismo ya no la tolera”.
No todos, especialmente quienes se aferran a sus antiguas ideas, están de acuerdo. Algunos señalan que el cambio de Galeano se debe a su conservatización y, tal vez, a su avanzada edad. Este autor sostiene, sin embargo, que todavía es de izquierda, que apoya a los gobiernos de Brasil y Chile, aunque, eso sí, ha sido crítico de los hermanos Castro y de Chávez.
Es más curiosa la opinión de Michael Yates, su editor en Estados Unidos, quien sostiene que el libro de Galeano es “un ente en sí mismo, independiente del escritor y de lo que él pueda pensar ahora”. Es posible que Yates represente a quienes siguen mirando la realidad de hoy con los mismos ojos de hace 40 años.
Una de las lecciones de este episodio puede ser que los lectores no deberían ser ni ingenuos ni creyentes, en el sentido religioso, de lo que escriben sus autores favoritos. Y, de la misma manera, tampoco los deberían acompañar, sin beneficio de inventario, cuando reniegan de sus obras. En cualquier caso, eso sí, los lectores deberían desconfiar de las fáciles emociones inducidas por la lírica quejosa, basada en lecturas ligeras, al servicio de la economía política amateur.