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Los escépticos del calentamiento global son irracionales

Expertos advierten que la temperatura promedio del mundo aumentaría cinco grados centígrados en los próximos años si países como China y Estados Unidos no toman decisiones para combatirlo de inmediato.

12 de julio de 2014 – 09:04 p. m.
Las concentraciones de dióxido de carbono y metano han aumentado a niveles sin precedentes en los últimos 800.000 años
Las concentraciones de dióxido de carbono y metano han aumentado a niveles sin precedentes en los últimos 800.000 años

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No tenemos una atmósfera china o americana, sino mundial, y realizar experimentos independientes en ella es irresponsable. Sólo sería racional negarse a hacer algo para mitigar los efectos del calentamiento global si supiéramos que la teoría científica que dice que el hombre puede cambiar el clima es falsa. Dado que esta descansa sobre ciencia bien establecida, sería absurdo asumir estas certezas.

Por el contrario, cualquier lector de mente abierta que lea el “Resumen para administradores públicos”, del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, llegaría a la conclusión de que una certeza de este tipo sería ridícula. Es racional preguntar si los beneficios de mitigar el problema superan sus costos. Es irracional negar la posibilidad de que el hombre cambie el clima.

En estos debates y en la política climática, Estados Unidos cumple un papel central por cuatro motivos. Primero, EE.UU. sigue siendo el segundo país que más dióxido de carbono emite, aunque su 14% del total mundial para 2012 lo pone más atrás que el 27% de China.

Segundo, las emisiones de EE.UU. por cabeza son más o menos el doble de las principales economías europeas o de Japón. Sería imposible persuadir a las economías emergentes para que limiten significativamente las emisiones si EE.UU. no se uniera. Tercero, el país del norte tiene más recursos tecnológicos y científicos que cualquier otro, y éstos serán necesarios si el mundo quiere atacar el reto de combinar las bajas emisiones con la prosperidad para todos.

Finalmente, Estados Unidos es el hogar de la mayor cantidad de personas que se oponen apasionadamente a actuar para resolver este problema.

Así las cosas, dos eventos recientes son positivos para quienes (como yo) creen que hace falta sentido común para actuar. Uno es la publicación el mes pasado del “Plan Presidencial para la Acción Climática”. Éste cubre mitigación, adaptación y cooperación global. Su objetivo es reducir las emisiones de gas invernadero por 17%, para llegar a los niveles en los que estaba antes de 2005. La meta es lograr este objetivo antes de 2020.

El otro evento, que también tuvo lugar el mes pasado, fue la publicación de un informe llamado “Negocios riesgosos”, por parte de un grupo bipartidista de políticos y funcionarios entre los que se encuentran el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, los exsecretarios del Tesoro de Estados Unidos, Hank Paulson y Robert Rubin, y el exsecretario de Estado George Shultz.

No obstante, no debemos ensillar las bestias antes de tiempo. Incluso si la administración implementara exitosamente su plan, al aprovechar la autoridad supervisora que tiene, aún sería un inicio modesto. Las concentraciones de dióxido de carbono y metano han aumentado a niveles sin precedentes en los últimos 800.000 años, mucho antes de que emergiera el homosapiens. Si seguimos este camino, el aumento sería mucho mayor para el fin de este siglo. Los impactos sobre el clima probablemente serían enormes, irreversibles y quizá catastróficos. El incremento en la temperatura promedio de cinco grados centígrados con respecto a los niveles preindustriales son concebibles si seguimos así. Ese sería un planeta muy distinto al que tenemos hoy.

“Negocios riesgosos” señala lo que esto querría decir para EE.UU. Se enfoca en el daño a la propiedad en las costas y en la infraestructura por el aumento en los niveles del mar. Analiza los riesgos de tormentas más fuertes y más frecuentes. Considera posibles cambios a la demanda de agricultura y energía, así como el impacto de temperaturas más altas sobre la productividad y la salud pública. En efecto, algunos lugares del país se volverían casi inhabitables.

Lo que hace valioso al informe es que presenta esto como un problema de administración de riesgos. El objetivo es reducir los riesgos en la cola de la distribución de posibles desenlaces. La manera de hacerlo es cambiar el comportamiento. Nadie puede vendernos un seguro contra el cambio planetario.

Hemos visto lo que el riesgo de cola significa para las finanzas. En el clima, las colas son más gordas y probablemente hagan más daño.

La pregunta es si puede generarse algo importante y real a partir de estos modestos inicios. Quizás, aunque requiere un esfuerzo titánico reducir las concentraciones de gases que producen el efecto invernadero.

Yo solía pensar que la forma de avanzar sería a través de acuerdos mundiales para reducir las emisiones, empleando una mezcla de impuestos y límites. Ya no tengo ninguna esperanza en este camino, como lo demuestra el fracaso del Protocolo de Kyoto en 1997 para lograr cualquier cambio real en este sentido. El debate para tener una política racional se ganará sólo si pasan dos cosas. Primera, la gente debe creer que el impacto del cambio climático sería enorme y costoso. Segunda, deben pensar que los costos de mitigar el cambio climático serían tolerables. Esto último implica que deben desarrollarse tecnologías creíbles y funcionales para un futuro de bajo carbono. Una vez esto suceda es más fácil adoptar las políticas necesarias.

Muchas veces he deseado que quienes niegan el cambio climático tengan razón. Es la única manera como no sería costoso dejar de actuar. No obstante, es muy improbable que tengamos semejante buena suerte.

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