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Nada hay que celebrar, como se sospechaba. Los dos baluartes de un modelo ancestral que ha dirigido a esta historia entre el militarismo y la privatización quedan ahora entre las dos opciones exclusivas de la democracia.
Los dos modelos del suicidio y el grito en el desierto del voto en blanco, por el que votan los defraudados al borde del nihilismo, los desinformados o los ingenuos que aún siguen creyendo en la rebelión entre la cultura del abstencionismo.
Nada hay que celebrar, lo sabíamos. Colombia sigue mereciendo su infamia y sus escupitajos por estúpida, por negligente y por el mismo folclor que se infla por merecer el primer puesto en el ranking de la felicidad sin causa. Zuluaga y sus ejércitos de la arbitrariedad y la barbarie, vibrátil con la sombra del caudillo feroz sobre sus hombros, a quien intenta progresivamente semejarse con sus manos tendidas en el pecho para el énfasis politiquero de la indignación, y con su muletilla tan piadosa, tan uribista, tan camandulera: “ Por Dios”, con la que acentúa cada frase de su discurso, que ha terminado más en la defensa de su nombre entre el escándalo que en el propósito expositivo de su proyecto. Santos y su viejo abolengo de empresarios paranoides y su discurso acomodado a los designios del procurador o de los magistrados, dependiendo siempre la conveniencia, y su continua sordera la debacle de la salud y de los dramas sustanciales.
La historia oscura de la idiotez y la ignorancia nos trajo una vez más a la humillante decisión entre el menos peor de los perversos. Pero esta vez, con la urgente posibilidad del fin de una historia de barro, sangre y mierda, como define a la guerra un personaje locuaz de Pérez Reverte, la brecha es más amplia, y la inclinación por uno de los dos deberá estar sustentada por la sensatez o por el masoquismo. Santos define contundentemente, aunque suene cliché, su comodín perfecto: O el final de la guerra o la guerra sin fin. Pero tendrá que explicarlo mejor en lo que queda de la riña a muerte antes del 15 de junio, para que todos los que cayeron hipnotizados por la voz autoritaria de mesías, y que siguen creyendo inconcebiblemente en el tonto argumento de las carreteras liberadas, lo entiendan: el presupuesto podrá expandirse a los sectores urgidos de inversión si el pretexto del conflicto se derrumba. Si las castas del caudillo se imponen, los dineros se verán lanzados, otra vez, a la furia de las balas y al orgullo de las tropas, todo en la obsesión trillada de la detención al castrochavismo progresivo, lo harán con toda la intensidad de la neurosis, aunque en la guerra caigan todos por sospecha.
También tendrá que explicarle con los detalles de la definición a quienes repiten sin descanso la inconveniencia de un proceso con impunidad, ese caballo de batalla del Uribismo que sigue distrayendo a la opinión con sus condiciones estrictas para salvaguardar la “honra de la patria”. Ninguna negociación se hace en condiciones radicales, ningún diálogo se acerca en polarizaciones indiscutibles. La justicia transicional es el costo de los países sumidos en el fango, y por aquí tendremos que pasar como pasaron las últimas naciones bañadas en sangre. Es claro que el Uribismo derrumbará el proceso si se impone, y lo harán con la recarga de una venganza en retorno.
Si las opciones ahora estarán entre el ascenso de un régimen compulsivo o la permanencia de una diplomacia díscola que pretende al menos superar el círculo de la vesania, habrá que elegir la segunda inconveniencia. Si asciende la primera, habrá que refugiarse, y el último que salga tendrá que apagar la luz.
@juandavidochoa1