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La Unión Europea debe reinventarse. Debe redefinir una deriva que desde Maastricht, hace ya más de dos décadas, parece afianzarse cada vez más. Y ello se ha puesto por enésima vez de manifiesto con los resultados de las elecciones europeas.
Los resultados traen consigo la continuidad de las fuerzas conservadoras, mayoritarias en los Estados de la Unión, por un escaso margen, fruto del desgaste que resulta de una crisis cuyos coletazos persisten. De otro lado, la socialdemocracia sigue transitando por la crisis existencial de carecer de un modelo económico propio, que tenga en el Estado y en el sector público la clave del crecimiento económico y el fortalecimiento social. Sin la bandera de una Europa social y con el modelo de la austeridad económica erigiéndose como dominante por la ortodoxia conservadora, no hay duda de que la Unión Europea, paulatinamente, va perdiendo su esencia. Una esencia en la que la integración política y de los pueblos casi es una narrativa, con olor a naftalina, a un pasado mejor.
Por si fuera poco, la abstención ha alcanzado un 56,9%, nivel que evidencia una profunda desafección y un distanciamiento con la “ciudadanía europea”. Finalmente, el escepticismo al proyecto integrador, evidenciado por la emergencia de partidos antieuropeístas de corte ultraconservador, se consolida como otra amenaza a tener en cuenta. En Francia, Reino Unido, Dinamarca, Grecia o Italia, estos partidos encuentran en la crisis un campo prolífico para socavar las raíces europeístas y tornar su comprensión de lo político en exclusiva clave nacional.
En Europa urge un empoderamiento de “lo político” y “lo social” que debe acompañarse de una mayor pedagogía. Se requiere más proximidad con los pueblos. Menos instrumentalización de las campañas electorales, que siguen siendo percibidas como un instrumento electoral nacional. Es imprescindible mayor fuerza del Parlamento Europeo, del Comité de Regiones y del Consejo Económico y Social. Debe acercarse a los europeos y que ésta deje de ser percibida como ese constructo al servicio de Alemania por el que los estados de la periferia se convierten en meros “títeres”, obligados a ceder su soberanía a lo que establece Berlín.
Quizá, antes de seguir ampliando las lógicas integradoras de un proyecto que hoy aúna a 28 estados —de los cuales 13 han adherido en los últimos diez años—, sea pertinente decidir cómo integrar una Unión cada vez más fragmentada.
*Jerónimo Ríos Sierra, Profesor de Ciencia Política de la Universidad Santo Tomás.