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No puede ser más desolador el clima que rodea las elecciones de hoy.
Si la campaña de 1990 fue la más violenta que haya vivido mi generación, esta ha sido, sin duda, la más sucia, con escándalos que rayan en lo penal, y con el fiscal y el procurador tomando partido. Ha sido más siniestra y sucia que la del 94 y los narcocasetes, y con esa mancha negra pasará a la historia.
El debate de las ideas ha sido sofocado por los escándalos, la discusión contaminada por el odio, las diferencias por el deseo de venganza, la esperanza por el miedo.
Es tan evidente la crisis de liderazgo político y de credibilidad del presidente-candidato Santos y del desmemoriado Zuluaga —punteros en las encuestas—, que como consecuencia de los escándalos que enlodan sus campañas se vieron obligados a ceder el protagonismo a dos pesos pesados, los expresidentes Gaviria y Uribe, que les han servido de avanzada en la recta final de la campaña. Una campaña atípica que en dos semanas pasó del bostezo al alarido, que se desplazó de los candidatos a los expresidentes y quedó en manos no sólo de los electores, sino de los organismos de control, y que parece haber convertido en segunda vuelta lo que, de hecho, es la primera: la de hoy 25 de mayo.
La polarización santismo-uribismo ha fracturado al país para desgracia de todos, y por eso muchos de los indecisos —cerca del 30%— podrían considerar que es mejor abstenerse, que ni siquiera vale la pena votar en blanco porque de pronto, todo es posible, sus votos acaban contabilizados como nulos o en las cuentas de quién sabe quién. La posibilidad del fraude siempre existe y el expresidente Uribe, dedicado a intoxicar el clima político, insinúa que podría darse una situación similar a la de 1970 —el ‘chocorazo’ que dio origen al M-19—, y no responde si aceptará los resultados de las elecciones. Rumores en el mismo sentido desliza la campaña uribista. Abonan el camino para denunciar fraude en caso de que el “zorro” pierda por un estrecho margen frente a Santos.
Dicho esto, y asqueada por la degradación a la que ha llegado la campaña —y la política en general—, creo que la opción no se reduce a dos candidatos, porque son cinco los que figuran en el tarjetón. Además de Santos y de Zuluaga hay por quién votar: Clara López, Marta Lucía Ramírez y Enrique Peñalosa, tres candidatos libres de escándalos, que han hecho propuestas valiosas y que le apuestan a la recuperación del juego limpio en la política. Votar por ellos —no importa por cuál—, encierra un doble propósito: premiar su esfuerzo, la forma civilizada y decente en que han hecho su campaña —sin agravios, con respeto por sus contradictores— y dejar constancia del rechazo a las viejas y viciadas formas de buscar el poder.
No estoy entre los resignados que piensan que sólo hay dos candidatos entre los cuales escoger y hoy votaré por quien considero que tiene un buen programa y podría hacer un buen gobierno. Si no gana —es posible—, en la segunda vuelta aplicaré la teoría del mal menor. No antes, no hoy.