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No: en esta coyuntura política los artistas no existen. Sucede en parte porque en este país los políticos son más importantes que los artistas; porque los políticos mueven más titulares que las obras de arte, que suelen cambiar —con más tino y beneficio— las mentes de quienes las disfrutan; porque la declaración fácil y perversa de un político siempre dará más clics en una página web que el pensamiento complejo de un artista. En este conjunto social, dirigido por políticos que sólo respetan sus objetivos personales y cuyo deseo estructural ha sido mantener a la población en el nivel más absurdo del analfabetismo, los artistas importan lo mismo que los calzones de las monjas: están ahí, bien puestos, pero no resultan útiles.
Sin embargo, más allá de esos obstáculos, los artistas han permanecido en un mutismo que sólo puede compararse con la aceptación. Callar es aceptar. Mientras el país decide entre cinco candidatos cuál es el menos peor, los artistas parecen extintos. ¿Dónde están sus trabajos, sus críticas y su pensamiento? Sucede igual con la academia. ¿Qué hacen en sus salones, encerrando el conocimiento, cuando deberían extenderlo? Académicos y artistas hacen parte de un círculo en donde el intelectualismo predomina y el pensamiento simplemente rebota en las paredes pero jamás sale.
En momentos como este, en otras latitudes, los artistas resultaban ser los portadores de un pensamiento revolucionario, reconfortante, con un aire de libertad en medio de la opresión. Quizá aquí no exista una opresión dictatorial —sí capitalista—, pero sólo es necesario hacer una ronda para ver que el arte, como generador de pensamiento, es obtuso y terco y le está dando la espalda a la realidad. Pocos artistas —Doris Salcedo y Juan Manuel Echavarría, por ejemplo— son capaces de enfrentarse a ese establecimiento bárbaro que permea toda la historia del país y que se ha permitido elegir —como dice William Ospina— el mismo presidente con diferente cara en 200 años. Pocos artistas encaran a los políticos a través de su arte y les dicen que están equivocados, que su pensamiento es anacrónico y que están llevando a este país a una desgracia infinita.
Mientras el mundo político se mueve —en la dirección que sea, en medio del caos—, los artistas están al margen, sin hacer crítica: resulta que sólo los columnistas y analistas están hoy capacitados para criticar el panorama político. El poder del arte no existe aquí por más de una razón: porque los políticos necesitan que la población sea ignorante, porque los artistas no se esfuerzan por despertar a esa población y porque esas mismas personas ya están acostumbradas a prestarles más atención a las palabras soeces y banales de los políticos, que son meros administradores, que desdeñan la inteligencia y son en sí mismos una poderosa grosería mendaz.
Ojalá los artistas refuten estas palabras.
*Juan David Torres Duarte