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Permítame referirme a dos artículos publicados en su respetable periódico, el 19 de mayo de 2014. El primero es del señor Bernardo Congote, que hace un análisis histórico de la educación en Colombia y de la dañina influencia confesional a lo largo de casi dos siglos de vida republicana.

Las religiones en general, y la católica en particular, han sido y aún son la causa de fanatismos y luchas fratricidas en los pueblos. Recordemos las guerras religiosas entre católicos y protestantes, y actualmente las de shiítas y sunitas en Medio Oriente, todo esto patrocinado por las enseñanzas religiosas que desde temprana edad fanatizan el espíritu de los niños, futuros regidores de los países.

En Colombia es evidente que la hegemonía católica en la educación, patrocinada por el Estado a través de concordatos arcaicos, ha llevado al odio entre hermanos, a estigmatizar creencias políticas por parte de sacerdotes que pregonaban a grito herido que matar liberales era un deber y no un crimen, que la educación laica era un invento del demonio, etc, etc.

Todo esto ha llevado a que los colombianos se hayan convertido en un pueblo violento y fanático, sin bases morales y cívicas que deben ser inculcadas desde los primeros años de escuela, cosa que poco sucede en la educación confesional, que hace énfasis en el catecismo mas no en el civismo, en la ética y en el amor a la patria. Basta comparar a los vecinos: Venezuela y Ecuador en donde la educación laica, obligatoria y gratuita se instauró a fines del siglo XIX.

Son pueblos muy poco violentos y el fanatismo religioso practicamente ha sido extirpado.

En segundo término el señor Iván Garzón trata de defender las virtudes del Estado confesional atacando a los laicistas a quienes tilda de excluyentes de las libertades religiosas. Sus argumentos son muy pobres. El sabe bien que no hay doctrina más respetuosa de las libertades religiosas y de conciencia que la doctrina laica. No educa en religión y permite que la familia se encargue de enseñar las creencias que más conveniente le parezca. 

Cornelio Salcedo. Bogotá.

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