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La tragedia de las 270 niñas nigerianas secuestradas, saca a África del olvido y pone a Nigeria en evidencia. El pasado 14 de abril, esta noticia provocó conmoción mundial, sobre todo debido a la renuencia y la demora del gobierno nigeriano en actuar.
El secuestro perpetrado por el grupo islamista Boko Haram demuestra la fragilidad y el contraste de unos de los países más ricos y desiguales de África. Su riqueza petrolera, la abundancia de recursos naturales no son suficientes para disminuir la pobreza de la mayoría de su población. El contexto doméstico nigeriano es marcado por una economía comandada por el petróleo, bajo nivel educativo, alta tasa de desempleo y desertización de tierras ubicadas en el norte del país.
El programa de ajuste estructural, propuesto por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, y el programa militar implementado no pudieron impedir que actualmente Nigeria sea un estado permeado por conflictos religiosos y étnicos. El país que cuenta con la más grande población en África no ha podido detener la ofensiva de Boko Haram, que como el propio nombre indica tiene un rechazo a toda y cualquier expresión de educación occidental.
Desde 2010, ese grupo ha organizado ataques contra instituciones gubernamentales e iglesias cristianas. Con un mayor rango de acción y sin una posibilidad de diálogo con el gobierno, la política nigeriana pasa por un proceso de “militarización y privatización” que ha incrementado la violencia, la inseguridad y la proliferación de grupos islámicos en el Norte.
En un video divulgado hace algunos días, Boko Haram habló de la posibilidad de intercambiar las niñas por militantes prisioneros, propuesta que aún no fue aceptada por el gobierno nigeriano.
No obstante, en una Cumbre liderada por el presidente Francés en París, seis países decidieron declarar la guerra a Boko Haram. Ante la afirmación del presidente nigeriano de “que ese grupo es la franquicia del Al Qaeda en el África Occidental” y sin conocimiento del origen de sus recursos financieros, muchos países empiezan a verlo como una amenaza global.
Con todo, hay expectativas de que la ayuda de Estados Unidos y el Reino Unido, en el área de inteligencia, pueda realmente dar un sino menos trágico al secuestro de esas niñas. Sin embargo, todas las propuestas planteadas hasta el momento podrían ser efectivas a medio o largo plazo.
La pregunta es qué alternativas podría la comunidad internacional ofrecer a Nigeria y a sus vecinos para disminuir la posibilidad de que más jóvenes sean reclutados en Boko Haram y sus aliados, o evitar la construcción de un nuevo Estado nigeriano bajo el extremismo de la intolerancia religiosa, que redunda en actos inhumanos e inaceptables.
*Beatriz Miranda Cortés