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No hay niveles de sintonía más seguros que los logrados por las telenovelas de mafiosos, donde se banaliza la maldad y se exalta el comportamiento de atarvanes y matones.
El resultado no es accidental. Son historias exitosas porque están sintonizadas, expresan e interpretan características del alma colombiana, resultado de más de treinta de años de convivencia con una realidad trágica y asesina que invadió la vida nacional y la sensibilidad colectiva, por no decir los valores y la cultura, que se ha ido transformando en narcocultura.
Una generación entera de colombianos creció con ese destructivo mundo como espejo, sin poder establecer una distancia ni un juicio, con protagonistas perversos que para muchos son verdaderos héroes con el poder del dinero para comprar o destruir a su capricho. En un mundo donde no hay diferencia entre lo bueno y lo malo, donde todo tiene un precio y reina el “todo vale”, en el que imperan la traición, la venganza y la gama completa de los comportamientos ruines, propios de una condición humana degradada despojada de todo valor.
Y en el querer ciudadano, a la hora de escoger representación política, que se expresa en las encuestas, el comportamiento es similar al de los televidentes. Puntos que se traducen en votos. De allí la eficacia de dirigentes a quienes, como a Álvaro Uribe Vélez, el matoneo les sale de adentro, espontáneamente, para quienes las reacciones altaneras, los ataques personales y la grosería son armas eficaces para destruir al otro y las aplican “sin medida ni clemencia”.
El expresidente, ahora senador, es quien mejor encarna esa cultura que al calor de la violencia y la ilegalidad se adueñó del país. Uribe, con su desparpajo y altanería, cuando no franca alevosía, copa la atención de los medios de comunicación y les imprime el tono a la política y la campaña electoral. La percepción que la gente tiene de él es que da la cara, que frentea, el verdadero guapo de la película. Un papel con el que rivaliza Germán Vargas Lleras cuando, por ejemplo, fuera de sí, a los gritos, califica a sus contradictores de gamines.
Pero la cosa, el contagio de la política, no termina ahí, pues la práctica, especialmente en período electoral, se generaliza, plagada de vicios y reflejos típicamente mafiosos. Campañas costosísimas ahogadas en la plata, sin importar su procedencia, con la cual y en completa desvergüenza se compran los votos, bajo el disfraz de acuerdos locales y de alianzas y acuerdos oportunistas entre rivales de la víspera bajo el falso “principio” de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo.
Caímos en una política que no se construye en el debate público franco pero respetuoso, que marca afinidades y diferencias para que el elector, libre e informado, pueda decidir, sino en reuniones clandestinas, a puerta cerrada para maquinar golpes bajos al contrincante que emplean las dos campañas líderes, tanto la de Santos como la de Zuluaga, profundizando una polarización perversa. Campañas que manipulan y hacen trampas atrapadas en la lógica de que el fin justifica los medios con el propósito único de lograr eficacia en los resultados. La narcocultura se tomó el alma colombiana y la política no es más que su reflejo, y de ahí su asqueroso deterioro.