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Era un hombre universal: jurista, filósofo, economista, filólogo. Y también una conciencia ética.
La vida de Jorge Vélez García transcurrió en función de la Academia. Antioqueño de nacimiento, se graduó como abogado en la Universidad Javeriana de Bogotá y se especializó en derecho público. Sus rigurosos estudios en derecho administrativo, en doctrina gramatical, en filosofía escolástica, en desarrollo económico, hicieron de él uno de los intelectuales más respetados de su tiempo.
Profesor universitario, Decano de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional, Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Sergio Arboleda, Rector de la Universidad La Gran Colombia, representante de su país en la Conferencia de Punta del Este en 1961, en la de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio en 1962 y en la de Planeamiento educativo de la Unesco en 1964, miembro del Consejo del Departamento Nacional de Planeación, Magistrado de la Corte Suprema de Justicia y Presidente de la Academia Colombiana de Jurisprudencia a finales del siglo anterior.
En 1982 su amigo el ex presidente Belisario Betancur lo designó asesor para efecto de las conversaciones de paz que habrían de adelantarse con los grupos alzados en armas. Se iniciaba un proceso que determinó el primer acuerdo de paz suscrito entre entre el gobierno y las “Farc” en 1984. La Comisión oficial presidida por el ex ministro John Agudelo y los delegados de la guerrilla encabezados por Tirofijo y Jacobo Arenas, firmaron un documento en el cual las Farc ordenaban el cese unilateral al fuego y desautorizaban el secuestro, dentro de lo que se conoció como los Acuerdos de la Uribe.
En esos acuerdos se convino promover la modernización de las instituciones políticas, propiciar una reforma agraria, adoptar una reforma electoral y establecer la elección popular de alcaldes. Lo que vino después es historia conocida. La última vez que vi a Jorge Vélez, hace tal vez unos ocho años, le oí decir: “Vamos otra vez hacia la guerra. El país no aprende de su propia historia”.
Miembro activo del conservatismo colombiano, Vélez fue un adalid de sus ideas más que un hombre de acción política. Desde otras orillas lo vi defenderlas con denuedo, pero con infinito respeto por el otro. Era consciente de la sociedad plural en que vivía y de la diversidad de intereses legítimos que la conforman. Lo conocí cuando ingresé a la Academia Colombiana de Jurisprudencia y él se desempeñaba como su presidente. Con Jaime Vidal Perdomo, su vicepresidente, y otros miembros de la Corporación nos comprometimos a escribir un texto sobre la figura del referendo constitucional.
En el proemio de aquella publicación anotó: “La misión de la Academia consiste en procurar construir, merced al diálogo y al debate argumentativo, una unidad de criterio a partir de la diversidad inicial. Dicha misión sólo es posible en la medida en que los académicos estén dispuestos a escuchar y comprender (además de respetar) el discurrir dialéctico de sus colegas y, con el transcurso del diálogo y de la discusión, sean capaces de persuadir o ser persuadidos”. Parecería un texto del maestro Darío Echandía, otro maestro de maestros. Jorge Vélez fue uno de los colombianos más ilustres del siglo xx.
*Ex senador, profesor universitario, @inefable1