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El beneficio de la duda…

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Los hackers cabeza rapada , contratistas del “títere del caudillo”, según califica César Gaviria al candidato Óscar Iván Zuluaga, se parecen a los neonazis criollos que homenajean los símbolos de Hitler, el hipercriminal de la historia que mandó a quemar vivos a millones de seres humanos.

Puestos en Colombia y en el siglo XXI, son caricaturescos. Pero no hay que minimizar el riesgo que significan, porque incrementan el odio anidado en este país, si todavía le cabe más, como cuando aprovecharon la oscuridad para destruir el mural ubicado en la avenida 26 de Bogotá, dibujado en memoria de las víctimas de la Unión Patriótica. Hitler desapareció judíos por pertenecer a otra raza. La ultraderecha nativa asesinó activistas políticos por ser de una corriente ideológica distinta a la suya, y hoy borra hasta su recuerdo. Las madres de Soacha, mujeres que no conocen nada más allá de sus barriadas, ahora son consideradas comunistas porque reclaman justicia para sus hijos asesinados, los de los falsos positivos que erróneamente se les han adjudicado sólo a unos militares, pese a que todos sabemos que a ese extremo homicida no se llega sin la complicidad y el incentivo de civiles con poder.

Sí. Los hackers contratistas del candidato Zuluaga llevan el pelo al rape de los neonazis y comparten el lenguaje con “olor a muerte” que le fascina al dueño del “títere”, es decir, al “caudillo”. Más allá del proceso judicial, los trinos que regaba el “estratega” Andrés Sepúlveda, mientras recibía remuneración económica de esa campaña presidencial, son fiel prueba de ello. También su obsesión antiproceso de paz y su inclinación a espiar la intimidad de otros, a violar las comunicaciones ajenas, a usar periodistas para diseminar noticias falsas, a crear identidades de personas inexistentes en Facebook y Twitter para atacar a los rivales desde su anonimato cobarde, y para inflar al desinflado que les pagaba. ¿Vienen a decir que nadie en el autodenominado Centro Democrático sabía de las actividades que desarrollaban el genio de las redes sociales, su esposa, su hermano, su suegra y su tío? ¿Zuluaga, su hijo David Zuluaga y su “asesor espiritual” (¿?), Luis Alfonso Hoyos, permanecían vírgenes respecto de los movimientos de sus asesores publicitarios? Malo si es verdad, por el grado de ingenuidad y falta de criterio que demostraría quien pretende manejar la Nación. Malo si es mentira, porque ustedes estarían eligiendo a un lobo con piel de oveja.

No obstante, los ciegos se tornan halcones cuando examinan la conducta ajena. Álvaro Uribe asegura, pero no bajo la gravedad del juramento, que dos millones de dólares de los narcos entraron a la campaña de Santos. Les cree a los traficantes de droga si hablan contra otros y los desautoriza energúmeno si los narcos o sus socios revelan que aportaron para su campaña de 2002. El irrespetuoso constitucional Uribe entregará los improbables testimonios de sus afirmaciones al procurador, ¡ese sí imparcial! Qué cinismo. Su juego, el de prolongar la duda para beneficiar a Zuluaga, está engañando a los electores. Si el “títere” llega a la Casa de Nariño, la autocracia volverá y, fortalecida, la persecución será la forma de gobierno. Habrá entonces necesidad de muchos exilios.

Entre paréntesis. Alguna razón le cabe al desatinado hermano del pirata cibernético Sepúlveda: este es un pobre tonto si uno lo compara con otro hacker del uribismo, Carlos Escobar, cuya fotografías con Uribe y Zuluaga hablan por sí solas de su estrecha relación con ellos. Este Escobar, que en sus tiempos libres matonea con su misoginia a quien no le come cuento, por ejemplo a Leszli Kalli, también jugaba a los computadores en la oficina allanada. ¿Cuánto falta por descubrir de este escándalo y cuánto alcanzará a ocultarse antes de la votación general?

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